Mensajes de la Abuela – Capitulo II

En mi nueva faceta de padre-hermano soltero he tenido que afrontar algunas situaciones que no esperaba. Personalmente yo ya venía preparándome emocional y psicológicamente para la muerte de mi abuela desde hacía un par de años cuando fue hospitalizada por un bajonazo del azúcar, además de que constantemente sufría golpes y caídas porque perdía el equilibrio y sentía vértigo. Su buen estado de ánimo y su enorme energía poco a poco se iban apagando. Dentro de mí, sentía que sus horas se terminaban, pero nunca fui capaz de expresarlo a nadie, y mucho menos a mi hermana, ya que no quería causarle más pánico.

Mi propia abuela ya venía hablando con dobles sentidos y a veces más directamente de que en cualquier momento estiraba la pata. Cuando esto pasaba mi hermana se enojaba con ella y le decía constantemente: ¡no invente abue, deje de decir tonteras!… Mi abuela me decía que no me preocupara por nada porque yo podía salir adelante con cualquier cosa, que yo había sido muy valiente todos estos años sacrificando muchas cosas por ellas dos. Y así cuando recibí la llamada de una vecina diciéndome que mi abuela había fallecido, me sentí destrozado pero a la vez resignado. En nuestro barrio hemos tenido la suerte de encontrar muy buenos vecinos, algo que no es fácil. Al encontrar sin vida a la abuela, la primera reacción de mi hermana fue salir corriendo a la casa de Vanessa, su mejor amiga y de la misma edad. Desde hace años yo sospechaba que Vanessa estaba enamorada de mí, pero nunca la tome en serio. Yo veía a Vanessa como otra hermana, nos criamos juntos los tres, y aunque Vanessa estaba desarrollándose muy rápido y volviéndose muy atractiva, siempre me fue imposible tomarla como algo más allá de una amistad. A veces cuando Vanessa venía a la casa a estudiar o simplemente a pasar el rato con Angélica, yo prefería esconderme o no hablarle demasiado porque ella constantemente se me insinuaba y buscaba la manera de quedarse a solas conmigo; un fin para el cual mi hermana le prestaba colaboración. Fue la madre de Vanessa la que me llamo para darme la noticia de la muerte de mi abuela, e incluso tuvo la amabilidad de irme a recoger al trabajo.

La partida de mi abuela golpeó muy fuerte a mi hermana. Ha cambiado mucho, ahora siente que nadie puede decirle que hacer y ha entrado en un estado de rebeldía, hace pocos días, llegué del trabajo y encontré una manada de adolescentes salvajes fumando cigarrillos y marihuana al mismo tiempo que tomaban licor en la sala, y en un rincón estaba mi hermana hecha un puño con un tipo… no podía creer lo que estaba viendo… mi hermana había organizado una fiesta con drogas y alcohol entre semana, con 15 o 16 compañeros del colegio. Entré en un estado de furia y saque a patadas a todos los varones e inmediatamente las 5 o 6 mujeres que estaban allí salieron por sí mismas. Ya estaba a punto de darle un sermón a mi hermana, pero cuando vi lo ebria que estaba mejor la lleve a dormir a su cama. Vanessa también estaba muy ebria, entonces llame a su mamá. Doña Marta vino por Vanessa y conversamos un poco; estaba furiosa pero conmigo tuvo condescendencia y me dijo que cualquier cosa que necesitara que se lo hiciera saber, ella sentía aprecio y estima por mí. Otro día me encontré entre los sillones de la sala el cuaderno de matemáticas de Angélica, lo abrí y note que le hacía falta materia y en la parte de atrás estaba doblado el último examen con una nota de un 54, cuando ella acostumbraba rozar el 100. La profesora de orientación del colegio me tiene harto, sospecho que quiere que a mi hermana la recoja el Patronato Nacional de la Infancia, o algo por el estilo, aunque Angélica ya declaró que desea vivir conmigo.

Capitulo III

Desde el momento en que mi abuela comenzó a empeorar creí conveniente comprarle un teléfono celular para estar llamándola y saber cómo estaba. Un día le hice la propuesta y me respondió: ¡sabe que mijo, yo esas carajadas no las entiendo! Aun así ese mismo día al salir del trabajo fui a una tienda de celulares donde trabaja “cobra”, un conocido mío y le pedí el teléfono con las teclas y la pantalla más grandes que tuviera. Había uno que parecía un ladrillo más que un teléfono, era perfecto para ella. Lo compré y fui a la casa. Mi abuela ya había rechazado teléfonos a varias personas, es más, creo que uno de esos era igual al que yo le compré. Pero a mí no. Tal vez lo acepto solo por afecto hacia mí, lo importante es que no fue capaz de rechazarlo. Al llegar a la casa le dije: ¡abue le compre algo!, saque la caja y de ella el teléfono, en cuanto lo vio me dijo: ¿ayyyy papito para que gasta plata a lo tonto?, ¡No ve que yo no sé usar esos chunches!, entonces me puse firme y le dije: mire abuela, no lo compró como un lujo, sino que usted ha estado muy enferma y necesita andar con un teléfono por si algún día necesita algo, que me pueda llamar de una vez y no tenga que andar caminando hasta donde está el teléfono fijo, y con más razón si sale de la casa…yo sé que usted piensa que usar este teléfono es difícil pero eso no es verdad, es igual que un teléfono fijo, solamente tiene que marcar el número de quien va a llamar y listo, es más, en este teléfono puede guardar los números en la memoria y no tiene ni siquiera que recordarlos ni tenerlos apuntados en una libreta ni nada de esas cosas. Cuando le dije esto, mi abuela hizo un gesto de sorpresa y me dijo: ¿esos chunches guardan el número?, ¿lo puedo sacar de la casa?… si claro abuela hacen todo eso y más…le respondí. Entonces tome el teléfono en mis manos y poco a poco le fui explicando cómo se usaba, hicimos una llamada de prueba a mi teléfono y funcionó… llamamos a Angélica y funcionó… luego se lo di a ella y llamo a otra señora que acababa de salir del hospital y que tenía días sin verla, luego le guardé en la memoria todos los números que tenía apuntados en su libreta, y le explique cómo buscarlos por el nombre del contacto.

El teléfono tenía teclas grandes, buena iluminación y muy buen sonido, la abuela ya empezaba a notar que el aparato no era una invención de satán. Pero creo que le agarró afecto en el momento en que le enseñe que el celular traía foco y radio. Cuando le ayudé a que escuchara la radio por medio del teléfono, puso una cara de que es esto por dios… ¿aquí puedo escuchar radio también?, la idea le pareció excelente…ya no tendría que andar jalando la vieja radio por toda la casa. Y las canciones de Vicente Fernández que tanto le gustaban ahora podía oírlas en cualquier parte y en cualquier momento porque las guardé en la memoria. Poco a poco la abuela le perdió el miedo al teléfono, a veces me llamaba y me decía: ¡hola papito solo era para ver cómo estaba! Al principio me pareció bien que se atreviera a usarlo, pero luego comenzó a llamarme a cada rato y ya no me gustó tanto. A mi hermana le paso igual, y a la señora que acababa de salir del hospital también. El saldo se le agotaba muy rápido, cada dos o tres días tenía que recargarle. Mi abuela le agarró el gusto al teléfono, ahora al menos yo estaba más tranquilo de que si salía o algo le pasaba y necesitaba algo, me iba a avisar. Pero nunca puse atención al hecho de que ella NO SABIA CALCULAR EL SALDO. Varias veces le explique que ese era un teléfono prepago y para hacer llamadas, la línea necesitaba tener saldo, pero ese era un detalle que a ella parecía no importarle lo más minino. Yo le decía: abue, no desperdicie el saldo porque luego no puede llamar cuando lo vaya a necesitar de verdad… ¡si, si, papito tranquilo! Me respondía, por ello casi todos los días yo le recargaba su línea. Parecía que el teléfono se había vuelto una parte de la abuela, no lo soltaba nunca. De repente ya sabía enviar mensajes de texto, y se dio cuenta de que el teléfono traía juegos, le cambio el fondo de pantalla y escuchaba música con él mientras cocinaba o tejía. Era como si le hubieran dado el regalo que sin saberlo espero toda su vida.

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8 comentarios sobre “Mensajes de la Abuela – Capitulos II y III

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