Mensajes de la Abuela – Capitulo IV

En el momento en que me dieron la noticia de la muerte de abuela, lo que más me preocupo fue mi hermana, pero como doña Marta me explicó que estaba con ella y con Vanessa, me sentí un poco aliviado. Ese día cuando me reuní con mi hermana lo único que hice fue abrazarla y cuando me di cuenta Vanessa estaba abrazándonos a los dos. Ellas lloraban desesperadamente, me dejaron la ropa toda mojada, mi abuela también estimaba mucho a Vanessa y la molestaba cuando yo andaba cerca.

A veces tengo reacciones tardías, por más que ellas dos lloraron, e incluso doña Marta, no fue suficiente para que a mí me bajara una sola lágrima. Soporte ver como sacaban el cuerpo de la casa, soporte la vela, soporte el funeral, y no solté ni una lágrima. Pero hoy en día, varios meses después me he encerrado en el baño a llorar varias veces.

Al día siguiente, cuando angélica ya estaba un poco más tranquila le pedí que me contara todo lo que había pasado, y lo que he narrado hasta ahora, ella me lo narro a mí. Pero me dijo algo que hasta el día de hoy llevó en el alma: Angélica, antes de intentar despertar a la abuela, vio que su teléfono estaba en el piso, lo recogió y noto que le quedaba poca carga y estaba SIN SALDO. Luego continúo contándome la historia, pero no logré ponerle demasiada atención a lo demás. ¿Por qué el teléfono no tenía saldo?, recordé que hacía tres o cuatro días no le recargaba, ¡oh dios! Pensé… ¿y si la abuela intento pedir ayuda pero el teléfono estaba sin saldo?, ¿habrá sido mi culpa por no recargarle?… me puse blanco como un papel y les conté a Angélica y Vanessa lo que sentía. Por supuesto que ellas me dijeron que nada de lo que había pasado era mi culpa.

Pero yo no encontraba paz.

Los padres de Vanessa muy amablemente me ayudaron con todos los trámites que tenía que hacer para la vela y el funeral. En esos días yo parecía un zombi, no tanto por la pérdida en sí de mi abuela, sino porque había dormido muy poco y seguía con la idea de que la falta de saldo evitó que mi abuela pidiera ayuda. A veces reflexionaba y caía en cuenta de que aunque el teléfono hubiera estado totalmente cargado y con suficiente saldo, en medio de los síntomas del paro cardiaco, mi abuela hubiera sido totalmente incapaz de pedir ayuda. Tal vez, cuando ella empezó a sentirse mal intento hacer una llamada pero no pudo, y por eso el teléfono estaba en el suelo. Un médico me confirmo que esto pudo ser lo que sucedió. Este razonamiento me tranquilizo un poco, pero yo necesitaba algo más, no sé…tenía que hacer algo simbólico que significara el final de este ciclo. Algo que me ayudara a dejar de sentirme culpable…a fin de cuentas aún con alguien cerca y llamando al 9-1-1 existían altas probabilidades de que la abuela no sobreviviera al paro cardiaco, debido a su obesidad y a que fue fumadora muchos años. Fue entonces que pensé en hacer algo que podría parecer extraño, pero lo necesitaba para tratar de sacarme esas ideas y emociones de mi alma. En un intento desesperado por quitarme ese pesado sentimiento de culpa, como cuando alguien se hace un tatuaje para recordar o para representar un momento de su vida, yo decidí enterrar a la abuela junto a su teléfono. Creo, sin temor a equivocarme, que ese celular fue una de las pertenencias más preciadas de la abuela. No recuerdo haberla visto nunca tan apegada a un objeto. Poco antes de la tragedia, vi un programa en el canal de historia, acerca del antiguo Egipto y como eran enterrados los faraones junto a su patrimonio. Bueno, a mí se me ocurrió hacer lo mismo con mi abuela.

La noche antes del entierro tome el celular y fui a la funeraria donde estaba el cuerpo para hablar con el encargado. Uno no esperaría ver a alguien así en una funeraria. Alto, ni muy delgado ni muy gordo, extremadamente agraciado, algo afeminado la verdad. Le explique la situación y le pedí que por favor enterrara a la abuela con el teléfono entre sus manos. Mientras le hablaba nunca me quito la mirada, pero cuando terminé hizo un gesto de sorpresa y tomo aire. Me dijo que algunas personas acostumbraban poner una carta, una nota o alguna cosa ligera dentro del ataúd de sus seres queridos, pero un celular y más aún uno como ese que parecía un block de construcción nunca se lo habían pedido, e incluso talvez era ilegal. Ante su negativa, me inspiré y le dije casi llorando: – vea Pedro, (su nombre) yo estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para pagarle este favor, cualquier cosa que usted me pida a cambio, se la voy a dar. No sé si esto sea ilegal o qué, pero a fin de cuentas solamente entre nosotros dos va quedar… yo necesito enterrar este artefacto para sentir que termino con este nefasto momento de mi vida…Pedro si quiere plata se la doy, no sé… lo que usted necesite –.

Pedro pareció conmoverse con mi llanto y con su educada y melodiosa voz me dijo: – ¿de verdad que la querías mucho, no es cierto awww?… ok, quien soy yo para juzgarte, te haré el favor a cambio de que sigamos siendo amigos…uno de estos días vamos a vernos en mi casa y podemos tomar algo y ver una película, ¿qué te parece?…

Ahora fui yo quien tomo aire, cuando me imagine encerrado entre cuatro paredes con ese sujeto, estuve a punto de salir corriendo, pero bueno, a fin de cuentas amigos si podemos ser, así que acepte su propuesta.

El funeral fue un sábado a las 9:00 am, la misa a las 7:30 am. Pedro me dijo que la carroza fúnebre con el cuerpo llegaría a la iglesia alrededor de las 7:00am, y que me esperaba a esa hora para meter el teléfono al ataúd. Hacerlo en el momento en que hable con él no fue posible porque el cuerpo estaba en una habitación bajo llave y él no la portaba. Ese sábado me levante como a las 5:00 am, mi hermana ya sabía que tenía que irme para la iglesia más temprano que ella supuestamente para ayudar con la decoración, así que ella fue a la misa con Vanessa y doña Marta. Deje el celular de la abuela con la batería cargando toda la noche, y le recargue algo saldo a la línea (ahora me pregunto porque lo hice, si a fin de cuentas lo iba a enterrar). Yo llegué a la iglesia como a las 7:05 am, ya habían bajado el ataúd. Estaba cerca de la entrada de la iglesia pero aún lejos de estar adentro. Cuando me vio a lo lejos, Pedro me hizo un gesto como de ¡apúrese hombre!, aceleré el paso y allí disimuladamente saque el teléfono de una bolsa del saco que andaba, y así sin más, Pedro abrió la tapa del ataúd. Me asuste un poco por la gente que podría estar viéndonos, pero mire alrededor rápidamente y no había nadie más que nosotros dos y unas señoras que preparaban otras cosas dentro de la iglesia y ni cuenta se habían dado de lo que hacíamos. Pedro agarró el teléfono y lo puso en las manos de la abuela, le costó acomodarlo, la señora tenía los dedos duros. Cerramos el ataúd, y listo. Muchas gracias Pedro, no podré agradecértelo, le dije. – A mí se me ocurren algunas ideas querido– me contestó.

El resto de la mañana transcurrió con normalidad, la misa, el funeral, el entierro, los llantos y las oraciones, y mi abuela fue enterrada con su teléfono. Angélica no paraba de llorar, por ratos se tranquilizaba y por ratos volvía a llorar con más intensidad. Doña Marta me dijo que si quería podíamos ir a su casa a almorzar, que a Angélica y mi nos serviría estar acompañados. Sin dudarlo acepte la invitación.

El papá de Vanessa se llama David. Uno de los individuos más amables que haya podido conocer. Luego de almorzar don David me invito a unas cervezas. En el patio de la casa había un pequeño bosque, donde don David había puesto hamacas y unas mesitas de madera. Nos sentamos en una de las mesas y mientras jugábamos cartas hablábamos cosas como las huelgas que tenían agobiado al gobierno y la corrupción en la función pública, o el memorable papel de la selección de futbol en la copa del mundo. Hacía tiempo que no tenía un momento tan ameno como ese. Aunque fuera por unas horas se me olvido por lo que estaba pasando.

Eran talvez las 3 de la tarde de ese sábado y don David y yo nos habíamos tomado 5 o 6 cervezas cada uno, y como yo tenía bastante tiempo sin tomar me marearon rápidamente. Estaba un poco ebrio…bueno bastante ebrio, sin llegar a estar totalmente borracho. Al terminar una partida que me ganó don David, se levantó para ir al baño, caminó hasta la casa de la cual estábamos algo lejos. De repente sentí algo detrás mío como observándome y se acercaba lentamente, volví la mirada y era Vanessa que tenía quien sabe cuánto rato de estar ahí detrás muy cerca de mí. Cuando la vi me sorprendió pero me hizo sonreír. Si ya antes me parecía linda, en ese momento me lo pareció aún más. Talvez la suave brisa del viento en aquella tarde de diciembre junto con el alcohol en mi sangre magnificaron esa apreciación. Ella se sentó a mi lado.

– Ale, regáleme cerveza– me pidió.

–No, usted no puede tomar– respondí mientras tomaba un sorbo más. ¿Y Angélica? le pregunté.

–Se quedó dormida de tanto llorar, pobrecita. Mami la acostó en mi cuarto– me respondió.

Hicimos silencio los dos.

–Ale, porque… – algo me iba preguntar Vanessa cuando fue interrumpida por doña Marta que la llamaba con prisa: –vanessaaaaa, ¡venga acá!

– ya vengo–, me dijo en el oído y se fue para la casa.

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