Me di un break durante semana santa; continúo con los capítulos que comienzan a cerrar esta historia.

VIII

Una y otra vez analizaba y rehacía en mi cabeza el día en que enterré a la abuela con el celular en sus manos. Trataba de analizar alguna cosa, de recordar alguna situación que se me hubiera pasado. Tenía que haber algo, un hueco, alguna puerta de entrada para el bromista. Pero nada se me ocurría. Pasaban los días y seguía sin pistas y sin recordar nada sospechoso. Poco a poco se me empezaba a olvidar el asunto.

Pasaron varias semanas más y mi vida continuaba igual. De vez en cuando, al acostarme a dormir abría los mensajes y los leía una y otra vez hasta que me daba sueño y me quedaba dormido, ya cansado de tanto reflexionar y de preguntar, sin que nadie que me diera aunque sea una idea de que pudo haber sucedido, la duda en mi mente estaba insertada como una de esas varillas que llevan la electricidad a tierra. De vez en cuando estando con María José, me ponía nuevamente a reflexionar sobre el asunto, y ella lo notaba. Ella me instaba a que no siguiera mortificándome más con algo como eso. Pero yo no soporto los asuntos que no tienen explicación, y este, claramente era uno de ellos. No quería darme por vencido. La falta de claridad me tenía irritado. Me sentía engañado, en alguna parte había algún individuo burlándose de mi ingenuidad, en forma cruel y soez tomando ventaja de algo tan trágico y traumatizante como la muerte de un ser querido.

En el fondo eso era lo que me molestaba más…no tanto que me hagan una broma, sino el momento y la intención de la broma. Utilizar la muerte de mi querida y santa abuela para obtener placer burlándose de mí… que se metieran con mi abuela…precisamente eso es lo que me producía ira.

Durante esos días de zozobra mi carácter empezó a cambiar, si deporsi ya era yo alguien difícil, toda esta nueva realidad que cayó sobre mi como una tempestad y me empezó a sofocar. El misterio de los mensajes era solo una parte de todo aquello que me tenía irascible, estresado y de mal carácter. Angélica estuvo a punto de perder el año en el colegio y en este nuevo curso le estaba yendo muy mal, se escapaba de clases y la orientadora encima mío otra vez (como jode), en el trabajo tuve problemas con algunas compañeras con las que estoy a un mismo nivel, pero sentían que tenían autoridad sobre mí, así que las enfrente y la jefa se puso del lado de ellas, dejando mi puesto en capilla ardiente. Y como si esto fuera poco, María José se ponía cada día más controladora y manipuladora, yo salía del trabajo y el verla en vez de ser algo que me ayudara a bajar el estrés, más bien era como seguir a la par de las dos idiotas que se habían inventado una falsa autoridad sobre mí. María José quería saberlo todo, de repente me preguntaba a mas no poder por mi pasado, me hacía preguntas incomodas: que si quería hijos y que si pensaba algún día formar familia y cosas por el estilo que nunca antes le había dado por preguntar y que a mí no me interesaba responderle, me llamaba constantemente para saber donde y con quien andaba, un día trato de prohibirme hablar con Ricardo porque “ese tipo tiene una fama…” me celaba con otras mujeres por las cosas más estúpidas y comunes del mundo, que la mesera esa te está viendo raro, que la rubia tetona que corta pelo me sonríe demasiado, que no le caen bien las viejas del gimnasio… sin duda existen otros con vidas peores que la mía, pero yo no la estaba pasando bien en esos días.

Estaba en un momento en que me sentía a punto de estallar, quería rendirme y mandar todo al carajo… quería terminar con María José, quería renunciar de mi trabajo, quería dejar de luchar con Angélica para que estudiara más, quería dejar de pensar en pagar la luz, el agua, el cable, y el internet, quería dejar de pensar en que tengo que ir al supermercado, quería dejar de pensar en los mensajes inexplicables; pero no pude.

Un día viernes, de esos viernes que se esperan ansiosamente como el desierto espera la lluvia, al salir del trabajo me sentí especialmente saturado, había sido una semana agotadora. Mientras caminaba por la calle sentí algo como un mareo, talvez fue un bajonazo de azúcar, lo recuerdo bien. María José había tomado la costumbre de llamarme siempre alrededor de las 5:00 pm y ese día, cuando lo hizo, con solo sentir la vibración del teléfono en la bolsa de mi pantalón, sentí ganas de vomitar y de desaparecerme, necesitaba aire, necesitaba espacio.

Tomé el teléfono y lo apague. De casualidad, (en verdad fue una casualidad) cuando me disponía a ir a mi casa, me topé a Ricardo. Como no podía ser de otro modo, yo con ganas de perderme y Ricardo sin ataduras de ninguna especie, nos fuimos para el bar más cercano. Estuvimos hasta las 4 de la mañana del sábado de fiesta en distintos lugares, canté canciones que estando sobrio repudiaba, baile con mujeres que estando sobrio despreciaba, y dije cosas que estando sobrio me apenaría decir. Ricardo, en su borrachera me decía: ¡no le aguante más a esa vieja, tenga huevos, búsquese otra!, ¡lo más importante ya se lo hizo, jajajajaja!… cuando llegué a la casa bajé vomitando del taxi. Ricardo continúo para su casa que esta como a un kilómetro de distancia. El mundo me daba vueltas, todo estaba en caos, saque las llaves, y con un esfuerzo enorme, como si fuera médico y estuviera haciendo una sutura milimétrica en una delicada operación a un paciente, intente meterlas en el llavín. Pero el agujero se movía, o eran mis dedos, no sé, pero la llave no quería entrar, fueron dos, tres, cuatro, cinco intentos por abrir el portón, pero no se quiso abrir. Y luego del portón tenía que abrir la puerta también. El sueño y el cansancio me estaban venciendo, el hambre revuelta con malestar estomacal y el frio de la madrugada me cerraban los ojos sin que yo lo pretendiera. ¡Puto portón de mierda! Le reclamé al objeto. Pero todo esto en lugar de enfurecerme, me causaba gracia, ¡no puedo abrir el portón, jajaja, el cabrón de Ricardo me va hacer comer caca!, pensé. Luego de esto intenté otro par de veces abrir el portón, pero no podía ni siquiera mantenerme en posición erguida, parecía que estaba intentando pararme sobre hielo. Y hasta aquí recuerdo con cierta claridad. Luego lo que recuerdo es como un flash de algo que me pegó en la cara.

Eran las tres de la tarde del sábado cuando desperté. Me dolía desde la raíz del pelo, hasta los dedos de los pies, sentía el cuerpo como una enorme carga que debía soportar. Abrí los ojos lo mejor que pude, lentamente, tenía los parpados pesados y la claridad me causaba un dolor profundo y punzante. Alguien me tomó de la mano y me habló algunas cosas que no entendí, solo pregunté: ¿Dónde estoy? Y me dormí otra vez.

Enlaces a capítulos anteriores:

https://guspd01.wordpress.com/2015/02/18/mensajes-de-la-abuela-capitulo-i/

https://guspd01.wordpress.com/2015/02/25/mensajes-de-la-abuela-capitulos-ii-y-iii/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/04/mensajes-de-la-abuela-capitulo-iv/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/11/mensajes-de-la-abuela-capitulo-v/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/18/mensajes-de-la-abuela-capitulo-vi/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/25/mensajes-de-la-abuela-capitulo-vii/

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7 comentarios sobre “Mensajes de la Abuela – Capitulo VIII

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