IX

Cuando desperté por segunda vez eran las 5 pm. Pero yo sentía que había pasado un minuto o menos. Me sentía con algo más de fuerzas, pero desubicado y con un dolor de cabeza que no existe palabra en ningún idioma para describir su poderío. Vi el reloj de aguja enorme frente a mí y un tubo de oxigeno o de algún gas y al instante capte claramente donde estaba: en una sala de hospital. ¿Qué carajos paso?, ¿Por qué estoy en el hospital?, sentí algo en la cabeza y con la mano derecha lo analicé. Había una venda amarrada a mi cráneo y me dolía muchísimo, noté que mi visión del lado izquierdo estaba algo opaca. Estuve unos minutos en shock sin saber que había pasado ni porque estaba en el hospital, ¿Cómo me hice estas heridas?, de repente como un río sin control, empezaron a brotar en mi cabeza imágenes y recuerdos de las últimas más o menos 48 horas: el trabajo, gente que me hablaba, la computadora, facturas, papeles, las jefas auto nombradas, el sanitario del trabajo, Ricardo, la mesera de un bar, las cervezas, el tequila, la risa de Ricardo, el chofer de un taxi, las llaves, la llave chocando contra el portón, un hidrante, una mujer fea tocándome la espalda, el cansancio que sentía, el sabor de la cerveza caliente, y… alguien golpeándome la cara, luego dos sujetos quitándome mi bolso, el celular y la billetera… nada más cerré los ojos y descansé.

La visita en el hospital es a las 6 de la tarde. A esa hora llego doña Marta a verme. Y me contó que dos sujetos me habían asaltado. No había testigos directos. Solamente el ladrido de los perros de las casas cercanas. Ante el alboroto, Angélica se despertó y se asomó a la ventana, vio a los tipos cuando salieron huyendo con mi bolso; como todas las veces en que yo llegaba tarde a la casa, se quedó esperándome en el sillón de la sala. Y para la hora en que yo llegué se había quedado dormida. Desde la ventana reconoció mi uniforme del trabajo y sin pensarlo salió corriendo a ver si era yo. Al verme ahí tirado medio muerto, empezó a gritar como loca y despertó a Juliana, que bajo en ropa de dormir y entre las dos me revisaron y llamaron a una ambulancia porque el golpe que tenía en la cabeza no dejaba de sangrar y yo no reaccionaba. En resumidas cuentas, dos “joyas” me vieron llegar a la casa en estado de ebriedad y aprovecharon para asaltarme. Por algún motivo no se llevaron las llaves de la casa y quedaron tiradas en la calle.

Yo no sabía si estaba peor física o emocionalmente. Podría decir que mi estado era lamentable desde todo punto de vista. Para el domingo en la mañana mi ojo izquierdo había tomado una hinchazón que me asustó mucho. La enfermera me dijo que el ojo estaba bien, lo hinchado era el pómulo. Y en la cabeza me hicieron cinco puntadas. También me dolían las costillas de la izquierda. A las ocho de la mañana llegaron Ricardo y Angélica. Se alegraron mucho cuando me vieron y yo me sentí igual. Ricardo me dijo que el no vio a los “bichos”, pero que sospechaba de dos piedreros que otro día lo habían seguido por su casa a las mismas horas. Angélica lloró de una forma que desde el entierro de la abuela no se la había visto. Yo hubiera deseado irme con ellos, pero el doctor nos dijo que el golpe en la cabeza fue muy cerca de la cien, y que la verdad fue un milagro que recobrara la conciencia, así como el golpe en el ojo que seguía muy hinchado. Así que debía quedarme al menos un día más internado, además de que por los golpes en las costillas estaba orinando sangre. No lo recuerdo, pero probablemente esos malnacidos me patearon varias veces en el abdomen. Aproveche la visita de Ricardo y con su teléfono llamamos a mi jefa y le conté lo que paso. Sin dudarlo, me dijo que tomara todo el tiempo que necesario, que gracias a dios no paso a más. En la mañana del lunes me dieron la salida del hospital, y me dijeron que debía estar en reposo por una semana, salió que tenía dos costillas rotas y las orinadas de sangre me duraron como cuatro días más. Doña Marta y Vanessa me recogieron en el hospital. Cuando Vanessa me vio, instintivamente se me acercó y me dio un abrazo… yo grité como desesperado del dolor, al apretarme las costillas lastimadas. Doña Marta también me advirtió que de ahora en adelante las costillas me iban a seguir doliendo cada movimiento de luna.

Sin dinero y sin celular volví a la casa. En mi billetera estaba mi tarjeta de débito, mi cédula de identidad, y un suma importante de dinero que correspondía a una parte de mi salario y el pago de alquiler del cuarto de la casa. Es curioso que durante mi estancia en el hospital nunca pensara en María José. Fue hasta el segundo o tercer día en que volví a la casa en que pensé en ella, como si no fuera importante. Y lo más curioso es que ella tampoco se había aparecido, como si se la hubiera tragado la tierra, no fue a buscarme al hospital. Claro está, cabe la posibilidad de que nunca se diera cuenta de lo que me paso, tal vez intento llamarme pero nunca recibió respuesta, primero porque yo apague el teléfono y luego porque ya no lo tenía. Aun así me pareció extraño que no le hubiera consultado nada a Angélica, ni a Vanessa ni al mismo Ricardo, y ellos tampoco me habían dicho nada de ella desde que desperté. Todo esto me pareció muy pero muy raro: ¿Por qué hasta hoy me recordé de María José?, ¿Tan fuerte fue la paliza que me dieron?…

Tenemos tal dependencia de la tecnología, que no acostumbramos aprender los teléfonos de nadie, y sin mi celular no podía llamar a María José. Cuando Angélica llegó del colegio, le pregunté por ella:

– ¿Angélica que paso con María?, ¿Usted tiene el número de ella?

-¿De quién?

-De María José,

-¿Cuál María José?

-No se ponga en varas, Angélica, las costillas me duelen demasiado…

-Pero, Alejandro, ¿de cuál María José me está hablando?, ¿de mi compañera de colegio?

-¿Pero que le pasa, Angélica?, porque se hace la tonta, usted sabe quién es María José, yo no sé nada de ninguna de sus compañeras solo de Vanessa.

-Vea Alejandro yo solo conozco a una María José, y es la compañera de colegio que le digo, yo no sé cuál dice usted… ese golpe en la cabeza algo le hizo…

Dicho esto, Angélica se fue a su cuarto. Y yo quede igual de perdido como cuando me desperté en el hospital. Unas horas después, fui a la casa de Ricardo. Ya me sentía un poco mejor de las costillas y necesitaba algo de aire. Me contó sobre una “amiga” en la que estaba trabajando. Cuando tuve oportunidad le pregunté por María José:

–Ricardo, ¿que se hizo María José?, ¿la ha visto en estos días?, ya casi va una semana y no la he vuelto a ver…

-¿Cuál María José, viejo? –

Cuando Ricardo me respondió igual que Angélica, me encolericé un poco, y le dije en tono alterado:

– ¿Cómo que cual?… ¿Pero, porque no me quieren decir que paso con María José? –

– Tranquilo, loco, relájese… le juró que yo no sé quién es la María José de la que me habla – me respondió.

Yo percibí la sinceridad en las palabras de Ricardo. Lo conozco lo suficiente para saber que no me mentía, y se notaba sorprendido. Aun así le explique a cual María José me refería, la que tiene el pelo así, la que es como de esta altura, la que estudia ingeniería industrial, la que él mismo me había ayudado a seducir…

Pero nada sirvió, Ricardo no sabía de quien hablaba. Ante mi desesperación, Ricardo empezó a tomarlo a broma y se burlaba de mí, llego un momento en que me sentí como un idiota y no diferenciaba bien si existía una especie de complot para evitar hablar de María José o si por arte de magia tanto Angélica como Ricardo habían olvidado la existencia de ella. Algo muy extraño estaba sucediendo y quería respuestas. Aunque Ricardo me insistió en quedarme un rato más, tome mi abrigo y me fui. No me pasaba por la cabeza una posible causa del complot para ocultar a María José, esto se me parecía –guardando las distancias– al ocultamiento que existe por los gobiernos sobre el hecho de que no estamos solos.

Me dirigí lo más rápido que pude a la casa de doña Marta, quería preguntarle a Vanessa por María José, solo faltaba que ella también formara parte del encubrimiento.

Mientras caminaba hacia la casa de doña marta, me sentí extraño. Era como estar en un lugar que aún siendo el mismo de siempre, me resultaba distinto, como si fuera la primera vez que caminara por aquellas calles con basura de tanto en  tanto, y con alcantarillados rebalsados. De repente comencé a sentirme ajeno a todo, el aire me era distinto, los sonidos de todas las noches me parecían diferentes, las mascotas de los vecinos que ya me conocían me mostraban los colmillos. Me pareció ver ligeras diferencias en todas las cosas a las que ya estaba acostumbrado. Era como un ser extraño en mi propia casa, que aun conociéndola me parecía otra. Las costillas me dolían, miré al cielo y la belleza de la luna llena me deslumbró. Me hizo detenerme y admirarla. Recordé la advertencia de doña Marta. Al acercarme a la casa, note a Vanessa conversando con varias personas sentados en la acera. Al reconocerme, ella se disculpó con ellos y vino a mi encuentro.

– Hola, Ale. ¿Cómo ha seguido?

– Ya estoy mucho mejor…me duelen las costillas, pero nada que no pueda soportar. Vine a preguntarle algo importante. Vea vane, yo no sé si de verdad estoy bien. Desde que me dieron la salida del hospital me he sentido como desubicado, y Angélica y Ricardo me ocultan cosas. No sé porque lo hacen. Creo que con la única que puedo contar para aclarar todo esto es con usted.

– ¿Aclarar qué?

En ese instante tome a Vanessa por los hombros, clave mi mirada instigadora sobre sus ojos y le pregunté con mucha seriedad: 

-¿Vane, usted se acuerda de María José?, pero no hablo de la compañera que ustedes tienen en el colegio, hablo de la María José con la que he estado saliendo, la que se puede decir que es mi novia, la que a usted no le caía bien…

Vanessa parecía un poco asustada por la manera en que le hice tal pregunta, de haber podido, yo no hubiera dudado en penetrar en su mente para buscar las respuestas por mí mismo.

Ella hizo el típico gesto que se hace al revisar los registros de la memoria, y luego de unos instantes me contesto con angustia y próxima al llanto:

– Ale…yo… yo no sé quién es esa María José, es más ni siquiera sabía que usted tenia novia, yo pensé que no…

¿Cómo explicar la sensación de terror, desesperanza e incredulidad que atravesaron mi alma?, ¿con que palabra humana podré describir la parálisis y el colapso que mi sistema nervioso experimento en ese instante, al escuchar aquellas palabras? ¿Qué emoción debía sentir? ¿Qué debía pensar? ¿Qué debía hacer? A mi mente vino la frase que aparece en algún explorador web de vez en cuando:

404 – PAGE NOT FOUND.

Vanessa estaba muy asustada, yo sudaba frio… seguramente me puse pálido como un papel, y sin quererlo cada vez sujetaba con más fuerza sus hombros.

Ale, suélteme me duele… me reclamó.

La solté desganado, deje caer mis brazos como alguien que ya no tiene ganas de pelear más. Y es que la verdad aunque quisiera pelear, ya no sabía ni cómo hacerlo. Solo atine a observar la belleza de la luna una vez más… pero algunas nubes la ocultaron.

– Ale, ¿Qué pasa?, ¿Quién es esa María José?, ¿le traigo agua?…

Yo no estaba en capacidad de responder a ningún estimo externo, mi capacidad mental y mi resistencia emocional estaban colapsadas. Sin quererlo caí de rodillas en la calle y empecé a llorar, era un llanto amargo como puede ser el llanto de alguien que llora sin entender bien porque lo hace. Por mi mente solo pasaban maldiciones y temores. ¿Qué está pasando?, ¿será que María José resultó un invento de mi mente?, ¿será que la soñé mientras estaba en el hospital?

– Nooooooo, jamás (el otro yo respondió desde mis adentros), yo la tuve, yo la sentí, yo percibí su aroma, yo la escuche, yo la quise y la odie al mismo tiempo… y ahora me dicen que no existió…

Ahora que lo pienso bien, el hecho de “perder” a María José no me afectaba tanto como para ponerme a llorar. Lo que realmente me afecto fue la sucesión de eventos, el hecho de que desde hacía meses mi vida venia convirtiéndose en una especie de catarsis, y ahora darme cuenta de que un elemento relevante dentro de ella nunca existió… y todo eso combinado porque no, con traumas de una infancia difícil. ¿Cuál es la realidad verdadera?, No. Ni por un instante aceptaré la idea de que estoy imaginando cosas o que me volví loco. Todavía puedo percibir su aroma, si…ese rasgo inconfundible que diferencia a cualquier ser humano de otro, todavía puedo recordar como su mirada me atravesaba tratando de hipnotizarme…

Me sentía cansado, tan cansado de estar analizando variables, buscando razones, analizando causas y solucionando problemas… cuando una tercera voz me dijo que alguien a quien yo conocía y con quien convivía todos los días nunca había existido, simplemente fue demasiado.

Vanessa me trajo agua. Y la tome con ansiedad. Me acompaño de vuelta a la casa. Decidí dejar de mortificarme más, al menos por unos días.

 Enlaces a capítulos anteriores:

https://guspd01.wordpress.com/2015/02/18/mensajes-de-la-abuela-capitulo-i/

https://guspd01.wordpress.com/2015/02/25/mensajes-de-la-abuela-capitulos-ii-y-iii/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/04/mensajes-de-la-abuela-capitulo-iv/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/11/mensajes-de-la-abuela-capitulo-v/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/18/mensajes-de-la-abuela-capitulo-vi/

https://guspd01.wordpress.com/2015/03/25/mensajes-de-la-abuela-capitulo-vii/

https://guspd01.wordpress.com/2015/04/08/mensajes-de-la-abuela-capitulo-viii/

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