Hace bastantes días no publicaba, estuve terminando unas cosas de mis estudios.

XI

Esa mañana, en que comencé a replantearme mis creencias y que empecé a abrir mi cerrada cabeza, lo hice con método. Inicialmente si de verdad estaba en un mundo paralelo, tenía que verificar que efectivamente las cosas eran distintas. María José no existe según mis amigos y mi hermana; es verdad. Pero aun así no consideré tal cosa como prueba definitiva. Todavía no había ido a su casa, y podía consultar con más personas que la conocían. Así que, sacando una garra y una energía que no sé de donde salieron decidí dejar de llorar y cuestionarme y salí a buscar la verdad de mi existencia. Pero antes de salir de la casa, tome nota sobre algunas cosas distintas: en el patio encontré una jaula con varias aves que nunca antes había visto, en la pared de la sala estaba colgada una foto donde estábamos mi hermana, yo y unas personas que no reconocí pescando en algún lugar que tampoco reconocí y en la cocina había una tostadora de pan que no recordaba haber visto. Pero eso no era todo. Mi cuarto tenía algunas variaciones que poco a poco note en los últimos días luego de salir del hospital: en una gaveta encontré un poster gigante de mi serie preferida de anime doblado y con bastante tiempo de estar guardado, yo recuerdo que ese poster lo tenía pegado en una pared en mí “otra” casa. Tenía ropa de la que no tengo noción de haberme puesto jamás, y unos zapatos nuevos que hace poco había comprado ya no estaban. Una pata de mi cama estaba a punto de romperse y en general, el cuarto estaba más sucio y desordenado de lo que yo acostumbraba. Tal parece que mi doble de esta realidad era más desordenado que yo. Algunos cambios me agradaron, por ejemplo en mi “nuevo” cuarto encontré una enorme caja con gran cantidad de discos compactos originales, toda la música en esa caja es exactamente la que escucho, pero en mi “realidad” solo tenía cinco o seis discos y no 50 o 60 como aquí. También encontré los papeles de mi época del colegio, y las notas de mi otro yo eran más bajas que las mías. Se podría decir que aprobó el colegio dejando los pelos. En mi “mundo” yo tenía una caja donde guardé algunas cartas románticas que ahora me avergüenzo de admitir que se las envié a una o dos muchachas en el colegio. En este mundo tal caja no existe. Y no sé si tales cartas habrán existido alguna vez. Espero que no. En mi realidad yo estaba cursando la etapa final del bachillerato universitario, pero debido a cuestiones económicas y laborales me había retrasado con respecto a los compañeros con los que empecé. Pero aquí ya había logrado obtener el título. Y así estuve revisando mi cuarto casi hasta el mediodía buscando más diferencias, y hubiera podido gastar todo el día en esa labor, pero ya tenía lo más importante: la evidencia de los cambios. Así que tenía que demostrar de una vez por todas la inexistencia de María José para tener la más sólida de todas las pruebas del cambio de realidad. Aunque tales pruebas solo servían para convencerme a mí mismo, porque si María José no existe aquí, ¿Cómo podría demostrarle a un tercero que si existe en la realidad de donde yo provengo? Todo esto era como redescubrirme a mí mismo.

Decidí caminar hasta la casa de María José, aunque estaba bastante lejos, esto lo hice para observar durante el camino algunas otras diferencias entre realidades. Y las encontré. En mi realidad, al menos en mi país, no se ven muchos niños callejeros (aunque si los hay), pero aquí hay muchos y eso no me agradó. En mi realidad las calles de la capital están en muchas partes llenas de huecos y recarpeteadas, pero aquí son una maravilla, nadie se quejaría de ellas; noté que algunas tiendas ya no estaban donde solían estar, o que eran más pequeñas o más grandes y vi algunos negocios que en mi mundo no existen. De donde yo vengo, un país amigo remodelo el estadio principal del país, pero aquí escuche decir a unos señores que conversaban en la calle que tal remodelación apenas está por empezar. El teatro principal de esta capital alterna, es tres o cuatro veces más grande que el que yo recuerdo y quedé impresionado al verlo desde afuera, me sentía como un turista extranjero conociendo otro país, pero no, yo estaba en la capital desordenada, contaminada y muchas veces abandonada en la que había nacido. En “mi mundo” María José vivía en una de las tantas zonas de la capital en la que las casas de habitación se mezclaban con el comercio. Yo siempre he visto como algo de muy mal gusto que las casas de la gente estén a la par, de por ejemplo, oficinas de abogados o de un mercado o de restaurantes o cantinas. Nunca existió una adecuada planificación urbana. Y por estar tales casas cercadas por comercios, se ven obligados sus dueños a encerrarse y a invertir en sistemas de seguridad como candados, cadenas, cerrojos, alambres de púas y cámaras de vigilancia por temor a los delincuentes. María José me contaba en nuestra realidad, que en su niñez se la pasaba la mayoría del tiempo encerrada y no supo lo que fue jugar en la calle con otros niños por miedo a los delincuentes y al tráfico.

bombero gatos

Cuando llegué a la zona donde vivía María José, me lleve la sorpresa (aunque a esas alturas tal palabra ya no significaba mucho para mí) de que la totalidad de esa área estaba dedicada a comercios. Recuerdo que la casa de María José tenía a su izquierda una venta de motocicletas y a la derecha un parqueo privado. Pero aquí, esa casa era…una farmacia. La venta de motocicletas y el parqueo continuaban igual, pero esa farmacia…por una ironía del destino o del universo o de quien sabe qué; se llamaba Farmacia Alejandro… Por si acaso di una vuelta a la cuadra pero no vi nada parecido a casas o residencias, ni apartamentos ni nada que no fueran comercios, detuve a una señora y le dije que yo no era de la capital y le pregunté que si en esa zona habían casas de habitación o torres de apartamentos o algo parecido y me dijo que no, que yo estaba en una parte totalmente dedicada al comercio, hace años que no hay casas por aquí, me respondió. Intenté entrar a la farmacia, pero no lo hice. No me sentí bien. Una fuerza extraña me repelía.

El hecho de que la casa de María José ya no esté donde se supone, aun no confirmaba que ella no existe como tal. Así que fui a su universidad, y me dirigí al edificio de ingeniería donde solía estar todos los días, logré ver a algunos de sus compañeros que se me hacían conocidos de cuando yo iba por ella, entré y recorrí todo el edificio, incluso asome la cabeza a algunas aulas donde yo sabía que podría estar; las cuales estaban repletas de gente, pero nada… fui al departamento de registro y pregunte si me podían decir en que aula estaba recibiendo lecciones, que ella era mi novia y que vine a dejarle un cuaderno que olvido en la casa, pero la joven que me atendió me dijo que le dijera en cual curso estaba ella y con mucho gusto me daba el aula donde estaba esa clase, yo le dije que no tenía ni idea y que realmente lo que quería era sorprenderla, que por favor escribiera el nombre de ella en el sistema para ver dónde está. Ante esta petición la recepcionista dudo un poco pero aceptó. Cuando le di el nombre completo de María José, resultó que no existían personas con ese nombre. La muchacha se sorprendió y me dijo que si yo estaba seguro del nombre, o si no sabía el número de carnet o cédula de ella; pero la verdad yo no sabía ninguno de esos datos. Le dije que no se molestara más, que mejor la buscaría por mí mismo. Cuando salí de la oficina, la encargada me lanzo una mirada de sospecha.

Saliendo de la u, de repente se me ocurrió otra forma de buscar a María José, la más fácil y moderna: en redes sociales. Yo no soy muy fanático de subir fotos y esas cosas, pero a ella si le gustaba mucho. Como me habían robado la billetera, saliendo del hospital le pedí dinero prestado a doña marta al menos para un tiempo, y ella me dio a entender que casi me lo estaba regalando. Con ello me mantuve esos días y tenía unas monedas para pagar un par de horas en un internet cercano y dedicarme a buscar a María José en la red. Pero tampoco apareció. Al menos no mi María José. No estaban las fotos en las que ella me etiquetaba, no estaba su perfil, no aparecía en búsquedas, no apareció como contacto en mi correo electrónico. En un intento desesperado escribí su nombre en google y nada de nada. Me llamo la atención que en mi perfil habían comentarios de algunas personas que nunca en la vida había visto y yo salía en fotos en lugares en que nunca he estado, pero al parecer mi yo de esa realidad si los visitó.

Existe una página web donde aparecen todos los ciudadanos del país: es el sistema de identificación de contribuyentes, del ministerio de hacienda, en la cual se puede saber si una persona ya sea física o jurídica se encuentra inscrita como contribuyente ante el fisco y si tiene o no obligaciones tributarias. Con solo escribir el nombre completo o el número de cedula, el sistema tira un mensaje de que el individuo está o no inscrito. Si se digita incorrectamente la cedula o si se escribe una cedula inexistente, el sistema alerta de que ese individuo no existe y por ende no está inscrito ni siquiera en el registro civil (lógicamente en el registro civil solo están personas físicas). Primero ingrese mi cedula, por si acaso y salió mi nombre completo y comprobé que no estaba inscrito como contribuyente. En ese momento lamenté no haber aprendido de memoria la cedula de María José, así que ingrese como lo pide el sistema el primer nombre, el segundo nombre, el primer apellido, y el segundo apellido. Y no me sorprendió que no se encontrara ningún registro con esos datos. De repente; talvez por tener rato de estar sentado, me empezaron a doler las costillas otra vez. Decidí irme para la casa. Tomé un taxi y estando un 99% seguro de que María José no existía en esta realidad, me sentí como un perro al que le quitan su correa para que pueda correr al menos por un rato.

Capítulos Anteriores:

Capitulo i

Capitulo ii

Capitulo iii

Capitulo iv

Capitulo v

Capitulo vi

Capitulo vii

Capitulo viii

Capitulo ix

Capitulo x

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Un comentario sobre “Mensajes de la Abuela – Capitulo XI

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