XII

Estando en la casa y pensando con más calma, decidí actuar con normalidad, tenía que dejar de dar la impresión de que estaba imaginando cosas, de todas formas nada más podía hacer. Necesitaba pensar con frialdad. Tenía que tratar de adaptarme a mi nueva realidad, a esta realidad paralela, necesitaba tiempo para indagar el porque me sucedió esto, como llegué aquí, si habrá alguna forma de volver a mi mundo. Algunas dudas giraban en mi cabeza: ¿Qué fue del Alejandro de esta realidad? Acaso, ¿estará en mi mundo?, ¿se estará preguntando las mismas cosas que yo en este momento?, ¿se habrá encontrado con que tiene una novia que no conoce?, si ese es el caso, creo que, al menos por el momento el preferiría quedarse allá, pero cuando comience a sentir los celos y el carácter controlador y manipulador de María José, pensará sin duda en la forma de volver (me compadecí de él). Allí me di cuenta de que esto también trata de elección. Si logro encontrar la manera de volver, yo podría decidir en cuál de las realidades quiero vivir. Aunque las diferencias no son tan grandes, la verdad es que como he dado a entender yo ya me estaba cansando de María José y aquí, en este nuevo mundo tengo el camino libre para andar con otras sin tener que pasar por la escena de terminar con ella. Pero bueno, todo depende de cómo se desarrollen los hechos y si efectivamente, algún día lograre encontrar la forma de volver a mi realidad. Si tan solo pudiera recordar con mayor detalle cómo fue aquella noche de la borrachera, que fue lo que hice o donde estuve, solo tengo pequeños recuerdos fugaces, no logró retener nada concreto, no sé si cruce a esta realidad antes o después de que me asaltaran esos sujetos, o inclusive talvez llegue aquí antes del asalto, pero no recuerdo haber hecho nada extraordinario como para caer en un mundo paralelo, es primordial para mi recordar o entender que hizo que viniera a esta realidad porque si no lo recuerdo siempre estará la duda razonable de que todos mis recuerdos de María José y de mi realidad hayan sido producto de mi mente, talvez por la patada que me dieron en la cabeza. Pero la verdad tampoco sé con certeza como me golpee la cabeza, no puedo afirmar con seguridad que me dieron tal patada, talvez me golpee al caer al suelo o choque con una pared, no sé…

Pero hablando de dudas… ¿que habrá sido del misterio de los mensajes de la abuela? ¿al yo de esta realidad le habrá sucedido lo mismo?, para ese momento me encontraba seguro de que en esta realidad mi abuela también falleció, pero, ¿el yo de este mundo la habrá enterrado con su celular?, ¿le habrán llegado los mensajes que a mí me llegaron y que eran imposibles viniendo de un teléfono enterrado?, ¿sabrán la Angélica y la Vanessa de esta realidad algo sobre el asunto de los mensajes de la abuela?, que locura… en lugar de encontrar salidas, este laberinto se complica cada vez más, dos hechos inexplicables se conjugan ante mí. Si tan solo tuviera mi celular, para ver si están esos mensajes en su memoria, o para ver si están los que me enviaba María José…

Cerré los ojos y traté de dejar la mente en blanco un momento, logré tranquilizarme, y de repente recordé a alguien quien podría ayudarme al menos con una de esas preguntas: Pedro. Tenía que averiguar si pedro existe en esta realidad, y si es así ver si me conoce y si él le ayudó al Alejandro de esta realidad a enterrar a la abuela con su celular. Existe una posibilidad interesante: Que el yo de esta dimensión no hubiera enterrado a la abuela junto a su celular. Si este es el caso, entonces el misterio de los mensajes imposibles es algo que solo ocurre en mi mundo y no podría investigar sobre ese tema estando en esta realidad. Si el yo de esta realidad no enterró a la abuela junto a su teléfono y yo no logro jamás volver a mi mundo, entonces me quedaré hasta el día de mi muerte con la gran interrogante de que fue lo que paso. Y eso me irrita.

Ya era tarde. Me fui a dormir y esa noche tuve un sueño en el cual yo era una hormiga que de repente tomó conciencia de sí misma y al hacerlo, se da cuenta de que existe un mundo más grande allá afuera: con lombrices, escarabajos, saltamontes, aves y muchos otros animales que siempre estuvieron allí y que representan un peligro para ella y para todo el hormiguero, pero cuya presencia solo hasta ese momento fue capaz de percibir.

Pues así, ese sueño resultó reparador, he notado que, muchas veces las energías que manejamos por la mañana dependen de lo que hayamos soñado por la noche. Al menos en mi caso funciona así. Temprano me dirigí a la funeraria donde trabajaba Pedro, al menos en mi mundo. Consideré que era mejor ir sin consultar a nadie, porque si pedro no existía seria ya la segunda persona no existente por la que preguntaría y ahora sí podrían empezar a creerme loco en verdad, no quería seguir con esa imagen. Sabiendo también que perfectamente la funeraria podría no existir, o que talvez pedro no trabaje allí o cualquier otra variable era posible. Cuando llegue a la funeraria me atendió una mujer que ya había visto, pero en mi mundo esta mujer era maestra de una escuela cercana. Ella me reconoció, lo supe por la familiaridad con que me saludó. Como todo parecía igual, mas allá de lo que acabo de decir, le pregunté por Pedro. Ella me indico que Pedro entraba a trabajar hasta la tarde, a las cinco. Le agradecí y me fui. Saliendo de la funeraria mientras esperaba un autobús, pensé que hubiera sido más fácil preguntarle a Angélica por el teléfono que era de abuela, y si ella sabía dónde estaba y era capaz de entregármelo, lógicamente eso significaría que mi yo de esta realidad no lo enterró junto a la abuela. Pero también era posible otra variable: que el teléfono nunca hubiera existido en esta realidad. Talvez la abuela del mundo en el que estoy no fue enterrada con su teléfono, simplemente porque el yo de esta realidad nunca lo compró. Y si esta última idea era verdad, hubiera sido muy extraño preguntarle a Angélica por un artefacto del que nunca tuvo conocimiento. Así que haber ido a buscar a Pedro sin consultarle nada a nadie primero, me parece que fue la mejor decisión; tomando en consideración el gran margen de incertidumbre que manejo en esta realidad paralela que no deja de sorprenderme.

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Me dirigí a la casa de pedro. Si la mujer que trabaja en la funeraria me reconoció, y no le extraño que le preguntara por él, seguramente era porque ya nos conocíamos. En mi realidad la zona donde vive pedro era algo exclusiva, pero no sabía que esperar aquí. Y fue correcto el no esperar nada porque en este plano, la zona era conocida por ser la cuna de asaltantes y vendedores de droga. Dentro de todos los cambios que había sido testigo hasta ese momento, este fue el que más me sorprendió. En lugares donde recordaba casas muy lujosas bien terminadas y muy detalladas como norma, ahora lo que observaba eran tugurios, como si una guerra hubiera tenido lugar ahí. Solamente había algunas casas prefabricadas pero aun así bastante humildes. Podía respirar el peligro en el aire. Todos los comercios del lugar tenían barrotes de acero en las puertas y atendían a la gente desde afuera, no dejaban entrar a nadie. Durante el viaje en bus varios sujetos con tatuajes mal hechos y con largas cadenas sobre sus cuerpos me observaban y conversaban entre ellos mientras escuchaban una horrible música a todo volumen, me sentí como una gallina en una fiesta de zorros. Solo les faltaba ir comiendo pollo frito. En esta clase de lugares no es recomendable andar alhajas ni relojes a la vista, así  apenas me baje del bus me quité el reloj y lo acomodé dentro de mi zapato izquierdo. Caminé con cautela hasta la propiedad donde estaba la casa de Pedro. Lo que encontré fue una casa prefabricada de reciente construcción, muy humilde pero una de las mejores del lugar, al aproximarme, una “pandilla” de seis o siete perros salieron de no sé dónde y con furia intentaron atacarme, todos ellos de los denominados “zaguates” pequeños pero matones. No permití que me intimidaran, ninguno era tan grande para asustarme, lo único que hicieron fue levantar una gran polvareda, que me produjo un poco de tos. Mientras intentaba avanzar en medio de los animales, la puerta de la casa se abrió y Pedro salió. Empezó a llamar a todos los perros uno a uno por su nombre para que se calmaran, y con un palo se acercó a ellos y haciendo el gesto de querer golpearlos, los animales se fueron, pero seguían ladrando a lo lejos. Reconocí a Pedro por su cara, pero su figura era otra. El Pedro de mi realidad no era ni muy gordo ni muy flaco. Pero este pedro estaba muy delgado, casi cadavérico, salió sin camisa a regañar a los perros y la piel se le pegaba a las costillas, tenía un aspecto de alguien con problemas nutricionales, además de que era un poco más bajo de lo que recuerdo, el cambio se me hizo tan radical que por un momento dude de que fuera quien buscaba. Pero note en su rostro, en su expresión, en la manera en que llamaba a los perros, ese algo, eso tan propio de cada quien, sus ademanes, lo que lo hacía ser Pedro. Eso me despejo la duda inicial.

Cuando los perros se callaron, se aproximó a mí y me preguntó:

– ¿a quién busca? –

– ¿Usted es Pedro? ¿El dueño de la funeraria?, pregunté por si acaso.

–  No que va, yo no soy el dueño, si fuera el dueño no viviría en este hueco, ¿en qué le puedo ayudar?

En esta realidad pedro no es el dueño de la funeraria, talvez solo sea un empleado, si eso es lo que pasa. Pensé para mis adentros.

–  ¿Pedro, usted se acuerda de mí? –

– Si claro. De usted y de su hermana, no hace mucho enterramos a su abuelita. –

En este punto no estaba muy claro como continuar pero solo había un camino: preguntar y nada más.

–  Que dicha que se acuerda. Pedro, hoy vine a buscarlo porque necesito hacerle una pregunta relacionada con el entierro de mi abuela. –

Pedro me miró con interés. Como sospechando algo. Yo esperaba que por sí mismo me mencionara algo de que la enterramos con el celular.

–  ¿con el entierro?, ¿algo como qué? –

Se me estaba haciendo el difícil, o simplemente no sucedió nada.

–  Sé que le diré algo extraño, pero necesito saber si el día del entierro ocurrió algo fuera de lo normal, si ese día sucedió algo para lo cual usted me ayudo. –

Pedro puso una cara de no entender nada. Y me respondió con tono alto y agresivo:

–  vea joven, yo soy un hombre muy ocupado y ya casi entró a trabajar, (mentira) así que no tengo tiempo para perder en estas conversaciones raras, si me va preguntar algo que sea concreto y al grano, por favor, no me gusta la manera en que va esto, yo soy pobre y un simple empleado de una funeraria, pero honrado y trabajador así que por favor no piense que soy idiota.

Mientras pedro me regañaba, noté que una pequeña niña se asomaba por una ventana de la casa, cuando intercambiamos miradas, ella cerró la cortina. La situación se me estaba saliendo de las manos y para colmo todos los vecinos del lugar estaban observando la escena como si estuviéramos en el teatro. Yo sentía que en cualquier momento me iban a pegar entre todos. Comencé a sudar y bastante tenso respondí:

– don Pedro, nunca ha sido mi intención ofenderlo. Se de su honestidad e integridad. De verdad. Disculpe si no me supe explicar. Le seré directo, entonces: (aquí Pedro hizo un ademán que me pareció positivo) yo necesito saber si a mi abuela la enterraron con algún artefacto dentro del ataúd, junto a ella, por ejemplo, un celular. Solo eso quiero saber.

Mientras esperaba la respuesta de Pedro, una gota de sudor frio bajo por mi espalda.

– No. Mi amigo. A esa señora la enterramos nada más con su ropita y nada más. Yo nunca he visto que a alguien lo entierren con algo más que una carta o ropas especiales, pero eso de un celular, no sé de donde lo fue a sacar, y otra cosa, ¿cómo se le ocurre a usted venir solo a este barrio, parece nuevo, está todo bien?

Dure unos instantes procesando la información. Y le dije a Pedro:

– Si gracias, estoy bien. –

– Vea, joven, ahora para cuando se vaya vengase conmigo y cruza mi propiedad y así sale directamente a la parada de buses, que colinda con el lote, para que no tenga que dar la vuelta y volver a pasar por donde vino, porque aquí a todos los de afuera los asaltan, más bien no sé cómo hizo usted para llegar entero. –

– Ok Pedro, muchas gracias. –

Hice caso de la sugerencia y caminamos los dos espantando a los perros que seguían con ganas de morderme. Al atravesar la propiedad me ahorré como unos diez minutos de caminar en la zona roja. Le agradecí por todo, y mientras estaba sentado esperando el bus, no pude poner mis ideas en orden, solo pensé: aquí mi abuela no tenía celular, el misterio de los mensajes solo ocurrió en mi realidad, ¿Por qué?

Al llegar a la casa, se me ocurrió que talvez Pedro me había mentido. No sé porque lo haría pero pudo haberlo hecho. Talvez ya harto de mi presencia decidió ocultar lo que sabía. La forma de salir de dudas que se me ocurrió fue preguntarle a alguien si la abuela tuvo en algún momento un celular. Si me decían que nunca tuvo teléfono, pues entonces nunca habría razón para enterrarla con uno y confirmaría lo que me dijo Pedro. Conociendo las posibles consecuencias que tal pregunta podría traerme, decidí hacérsela a Angélica, de todas formas ya tenía algo de fama de mis preguntas raras y note que la gente del barrio hablaba de ello a mis espaldas. Talvez piensen que estoy loco. Por la noche, mientras veíamos un programa de concursos, le hice la pregunta directamente a Angélica: – verdad que, abuela nunca tuvo, un celular, o sea nadie nunca le regalo uno, ni ella nunca utilizo uno  –

La pregunta, no resulto tan rara como pensé al principio. Angélica me dijo:

– mmm, si Alejandro, ya no se acuerda que usted le compró un celular de esos grandísimos que parecen un ladrillo y le rogamos y le rogamos que lo usara pero  ella nunca quiso. Y usted le explico cómo usarlo. Ella siempre lo dejaba tirado en cualquier parte sin batería y sin saldo para llamar. Hasta el día que de casualidad la abuela salió con el teléfono, y lo dejó perdido en alguna parte, y nunca lo recuperamos. Ale, usted debería ir a que le hagan más exámenes en la cabeza, ¿Cómo no se va acordar de eso?

Qué curioso, entonces el yo de esta realidad también le compró un teléfono a la abuela, pero ella nunca lo aceptó. Al analizar la situación creo que el yo de esta realidad no tuvo la sapiencia ni la constancia que yo tuve para explicarle a la abuela como se utilizaba el teléfono, entonces sabiendo ya que en esta realidad no ocurrió el misterio o el “caso” como le empecé a llamar, de los mensajes de la abuela, lo único que me quedaba para “trabajar” era el cómo y por qué vine a un mundo paralelo. Y luego una vez resuelto el tema de como volver a mi mundo, (si es que quisiera hacerlo) podría dedicarme allí a resolver el tema de los mensajes de la abuela. Hasta ahí mi plan parecía correcto, pero muy en el fondo yo sabía que correcto no es lo mismo que realizable.

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3 comentarios sobre “Mensajes de la Abuela – Capitulo XII

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