Quien no conocía a Marcos hubiera pensado de él que era un niño como cualquier otro. Su apariencia reflejaba exactamente sus cuatro años y siete meses de edad. Su curiosidad y alegría eran propias de alguien que está descubriendo el mundo. ¡Marcos, saca las manos de allí! Le gritó su madre. Mientras ella se distrajo con la televisión, Marcos metió las manos en una olla de agua hirviendo. Las burbujas en el agua captaron la curiosidad del niño. El solía presumir frente a sus amigos de que era casi como un superhéroe; la prueba de meter los dedos en líquidos calientes solía llevarla a cabo con regularidad. Su madre vivía ofuscada por su salud. Todos los días por la mañana, ella le daba un chequeo completo de todo el cuerpo. Cualquier cosa sospechosa era tomada con mucha seriedad, casi siempre se encontraba con moretones y golpes. Algunas veces sucedió que Marcos apareció escupiendo o vomitando sangre de la nada, probablemente en sus juegos se golpeó. Por eso, su madre nunca lo dejaba solo. Ella podría olvidar cualquier cosa en este mundo, pero no a él; al fruto de sus entrañas.

Los niños del vecindario conocían la situación especial de Marcos, y aunque no comprendían bien lo que le pasaba, sabían que debían mantener cuidados especiales cuando estuvieran cerca de él. La gente del vecindario también estaba al tanto y le tenían consideraciones especiales. El papá de Marcos era un hombre honrado y trabajador, que al igual a su esposa daba la vida por su hijo. Por las tardes, era común observar a Marcos sentado en una silla en el corredor de su casa inmóvil, quieto y solo, mientras sus amigos corrían alegremente. Pero él no debía moverse demasiado. Siempre estaba allí su madre para vigilar que el niño no intentara nada que implicara movimientos bruscos o peligrosos. El infante aún no tenía el entendimiento claro de porque no podía hacer lo mismo que sus amigos hacían, y por eso su desconsuelo era muy grande. A su corta edad, marcos se había roto diferentes huesos varias veces, se había abierto las dos cejas, y tenía cicatrices y golpes en varias partes del cuerpo. Pero él seguía siendo niño, y sin conciencia clara de sí mismo y de su entorno. Le gustaba hacer cosas para asombrar a sus amigos, porque solamente él era capaz de hacerlas.

En una de las escazas oportunidades en que su madre le quito los ojos de encima, se prensó dos dedos con una tenaza. Cuando sus amigos lo intentaron,  inmediatamente quitaron sus dedos, o de plano ni siquiera se atrevieron. Pero para marcos nada era imposible, sin tapujos le pidió a uno de sus amigos que cerrara la tenaza y a pesar de la fuerza que su amigo imprimía y a pesar de que sus dedos estaban tomando matices morados y torcidos hacia arriba, marcos nunca se quejó, y sus amigos estaban muy sorprendidos por su hazaña. Cuando por fin su madre lo encontró, después de unos desesperantes 10 minutos de búsqueda, lo llevó al hospital con sus dedos rotos y un golpe en la cabeza que se dio probablemente con la misma tenaza. La mujer se recriminaba muchísimo a si misma cada vez que algo le sucedía a su hijo. ¡Marcos, nunca te vayas lejos de mí!… le gritaba con lágrimas en sus ojos.

Los padres de marcos ya no sabían que hacer para explicarle a su hijo que no debía exponerse a situaciones arriesgadas. Pero Marcos no conocía el concepto de peligro. El deseaba ser aceptado en su grupo de amigos, y para ello constantemente se afligía golpes, y se metía en situaciones arriesgadas para buscar sorprenderlos. Ya que él no podía jugar ni pasar demasiado tiempo con ellos, esto era lo único que podía hacer para sentirse aceptado. A fin de cuentas, él no entendía porque sus amigos no eran capaces de hacer las cosas que él si podía hacer.

Un día soleado y veraniego de enero, Marcos despertó con una sorpresa bajo su cobija: una caja que adentro contenía un disfraz de Superman. Hacía pocos días, al pasar por una tienda, el niño le suplico a su madre que le comprara el traje, inspirado por una de las tantas películas que había visto sobre el hombre de acero. En ese momento la mamá de marcos no contaba con el dinero para adquirirlo, pero apenas tuvo la posibilidad, lo compro. En el momento en que marcos abrió la caja sintió la mayor alegría que un ser humano pueda sentir. El brillo de sus ojos semejaba el brillo del sol, sus gritos de alegría asustaron a sus padres, que rápidamente fueron a su cuarto. ¡Gracias mami, gracias papi! Les dijo el niño, los beso y los abrazó varias veces, y de manera brutal destrozó la caja mientras sacaba las prendas. Durante cuatro días anduvo puesto el traje de superhéroe sin querer quitárselo ni siquiera para dormir; los progenitores de marcos eran conscientes del riesgo al que se exponían, si deporsi ya costaba bastante mantener bajo control al niño, ahora con su traje sería más difícil, porque Marcos quería actuar como todo un superhéroe. Su madre nunca estuvo completamente segura de comprarlo, tenía una extraña sensación con respecto a él. ¿Qué tal malo puede ser que se ponga esto?… pensó; tomando el camino  de negar a su intuición. La manera en que el niño le suplicó y como sufría por no poder hacer lo mismo que hacen todos los demás… tales factores la empujaron a llevarle el traje, para que se sintiera estimulado al menos por esta vez. Ella deseaba lo mismo que toda madre desea: la felicidad para sus hijos.

De vez en cuando, Marcos recibía la visita de sus amigos; jugaban con legos y animalitos de granja. Su buen amigo, Andrés, lo visitó una tarde. – Me gusta mucho tu traje de Superman – le dijo

-Gracias, mi mamá me lo compró. Yo también tengo poderes –

-Ahhh, si, como cuando tocas la cocina caliente o cuando te prensas con las tenazas y no lloras –

-Sí, pero yo vi en la película de Superman que el vuela, y yo no sé volar… no puedo hacer eso –

-Lo que hay que hacer es practicar, como andar en bici, uno tuvo que practicar para aprender…

Marcos no quedo muy convencido de los argumentos de su amigo.

-¿Cómo practico volar? – le preguntó

– no sé, intentando volar, nada más –

Atendiendo la recomendación de su amigo, durante varios días, estuvo Marcos brincando sobre sus piernas, tratando de despegar, lo intento de varias formas: primero las dos al mismo tiempo, luego solo la derecha, luego solo la izquierda, luego sobre la cama, luego saltando de la cama al piso… pero era imposible. Yo tengo que volar, mi mamá y mi papá dicen que soy especial… tengo que volar, y el traje de Superman me da poder… yo puedo volar, pero no sé cómo… razonaba para si el niño.

Una noche; antes de dormir, Marcos le preguntó a su madre:

-Mami, ¿la gente puede volar? –

-No, para volar se ocupa un avión –

-Pero Superman vuela…

-Eso solamente pasa en la televisión, ¿has visto volar a tu papá o a mí?

-No, porque no tienen poderes

-Exacto. Y usted hombrecito tampoco tiene poderes…

-Andrés dice que si tengo…

-¿a quién le va hacer caso, a mí o a Andrés?

-A usted mami…

-Eso es. Ahora vamos a dormir.

Pero la verdad es que Marcos estaba indeciso respecto a quien hacerle caso.

Al día siguiente, el niño continuaba con sus intentos de despegue. Por más que su madre se lo solicitó, no aminoró sus esfuerzos. Pensó que tal vez, algo tenía que ver el lugar donde estaba probando. Así que estando junto a su niñera en la sala, aprovechó un descuido de esta, subió al sillón y dio el brinco más alto que sus pies le permitieron. Lógicamente no logro volar. Pero su niñera, quien también era su prima, le dio un fuerte regaño.

Luego de esto, Marcos se decepcionó. No volvió a intentar levantar el vuelo durante unos días. A veces, sentía ganas de tratar otra vez, pero recordaba los fracasos anteriores y perdía el ímpetu. Hasta que en una de aquellas tardes eternas, estando allí sentado viendo como los otros niños jugaban, Marcos se sintió atraído por un pájaro, una hermosa ave que construía su nido en el techo de la casa al otro lado de la calle. Marcos observó las maniobras en el aire de aquella ave y sentía el deseo de imitarla, de repente tuvo la respuesta que necesitaba: para poder volar, no se necesitaba necesariamente despegar del suelo, sino buscar un lugar alto como ese techo, y saltar desde allí para mantenerse en el aire. Así lo hizo varias veces esa ave, y para aquel niño el intento valía la pena. Pero mientras estuviera cerca de sus padres o la niñera, le era imposible intentarlo.

Conocedor de tal situación, marcos planeó una estrategia sencilla: su madre siempre lo despertaba a las seis de la mañana, y le daba su tradicional revisión corporal antes de irse a trabajar. Entonces debía intentar el vuelo antes de que su madre lo despertara por las mañanas. Intento durante tres días levantarse antes de las seis, pero el sueño lo vencía. Debía despertar al menos unos minutos antes de que su madre llegara, abrir la ventana y subir al techo de la casa, pues su cuarto estaba en una especie de segundo piso, sin llegar a ser un piso completo, más bien era como un añadido.

La última de sus noches, luego de que sus padres le llevaron a la cama y lo arroparon, marcos, recordó su objetivo de levantarse antes de que llegara su madre. Se dijo a si mismo varias veces: mañana me despierto temprano, mañana me despierto temprano, mañana me despierto temprano, mañana me despierto temprano… y se quedó dormido repitiendo la frase. Durante esa noche sus sueños se centraron en volar, se vio a si mismo saliendo de su cuerpo físico y subiendo a la altura de la luna y las estrellas. Fue un sueño de esos en que se puede ir a cualquier lugar con completa libertad.

A la mañana siguiente, Marcos, abrió sus ojos a las 5:52 am. Su técnica de auto programación mental, le había funcionado. No sabía qué hora era exactamente, pero noto que aún estaba oscuro y empezaban a asomarse los primeros rayos del sol matutino. ¡ya casi llega mami!, pensó. Escuchó los cantos de las aves y recordando su cometido, se quitó de encima su cobija, bostezo un par de veces y caminó hacia la ventana. Puso sus pequeñas manos sobre ella y la abrió. Se apoyó en el marco y empujando con la fuerza de sus brazos subió sus pies en el. Un soplo de aire frío quiso empujarle hacia adentro, como suplicándole que volviera a la cama… pero el niño, cerró sus ojos y espero a que pasara. Seguidamente, y por última vez, analizó de manera muy abstracta lo que estaba por hacer y no sintió ningún temor ni duda alguna.

Lentamente, manteniendo el equilibrio, se agacho, y calculadamente coloco su pie derecho sobre el tejado, seguidamente coloco el izquierdo quedando ya totalmente fuera de la casa. Estaba a dos metros del borde. Y así con una sonrisa en su rostro se aproximó al fatídico punto. Desde allí contemplo el suelo a 7,55 metros de altura y confiando en sus capacidades heroicas ya demostradas, extendió sus brazos y se lanzó al vacío para que de alguna forma que solo en su imaginación existió, levantar el vuelo como aquella ave que lo inspiró…

Marcos padecía de insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis, una rara enfermedad hereditaria del sistema nervioso. Las personas afectadas por esta enfermedad se caracterizan por ser incapaces de sentir dolor y de detectar temperaturas extremas, por ello marcos metía sus dedos en agua hirviendo, por ello se infringía golpes y era capaz de resistirlos, por ello murió a causa de una hemorragia interna al chocar contra el suelo, pero murió sin sentir dolor… por ello su madre lo revisaba todos los días, por ello era considerado especial, por ello siempre debía estar bajo la supervisión de alguien… por ello él se sentía invencible, por ello el creyó que era el ser humano más parecido a Superman, por ello su amigo Andrés también creyó que nada malo podía pasarle,… El dolor, el tan odiado dolor que a veces recae como una tempestad sobre nuestras vidas, tanto físico como emocional, muchas veces es una bendición camuflada de maldición. Una cuota de dolor pasajero nos evita muchas veces un mal superior. Nuestro amigo Marcos, en su incapacidad de entender el sufrimiento, tomo la peor de las decisiones que alguien puede tomar, esperemos que en su próxima vida, se le conceda un mejor existir.

FIN.

(Basado en un acontecimiento similar de la vida real).

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2 comentarios sobre “Una Vida Sin Dolor

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