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No sé muy bien cómo hacer esto; el querer escribir algo y tener la cabeza puesta en cualquier lugar menos en lo que se quiere decir… es como cuando una gran cantidad de aplicaciones saturan la memoria RAM de una computadora y no permiten que trabaje a velocidad normal… ¿es normal esa sensación de que estoy en el mundo, pero no existo en él?…¿que tuvo que suceder para que mi fuente de inspiración ya no lo sea más?…¿se estará enfriando el infierno? (donde poseo un lugar seguro).

            Sé que tengo cosas importantes que enfrentar, pero esto no es como pelear a espada contra un gran oponente. Recuerdo mi pasado, recuerdo cosas, casas, gente y situaciones que me revuelven las entrañas y que hacen que me duela el alma… y caigo en cuenta de que la única mujer que ame, aquel ser con esa mirada penetrante y dulce, de repente se ha vuelto parte de esos recuerdos, porque le he dado muerte…

            ¡Qué grande y que bestial es la frialdad que vive en mí! Con mis propias manos la maté. Desearía haber cambiado, desearía haberle dedicado más tiempo, desearía que nos hubiéramos entendido… condenado a muerte como estoy ahora, curiosamente, lo que más me atormenta y no me deja dormir por las noches es ese exasperante sonido de las patrullas cuando llegaron por mí. No sé porque hicieron tanto alboroto, si ya el crimen estaba hecho… me entregué por mi voluntad y por esa misma voluntad acepto ahora las consecuencias de mis actos.

            Encerrado aquí, en el pabellón de los condenados a muerte, me siento seguro. (Algo contradictorio, pero así ha sido siempre mi naturaleza) sé que a mediados de Abril los guardas vendrán por mí y me harán caminar por un pasillo hasta una mísera habitación para que mi cuerpo reciba una serie de productos químicos que detendrán mis funciones vitales. Soy partidario de que no merezco compasión.

            Vera usted, señor o señora que lee esto, los individuos como yo, los vulgares asesinos también podemos expresarnos con naturalidad y cordialidad de la misma forma en que lo hace el más respetado ministro. Es bien sabido que detrás de la máscara de cordura y amabilidad que porta la “gente de bien” existen verdaderos depravados, corruptos, inescrupulosos y asesinos. Mi problema básicamente, consistió en que mi crimen fue demasiado evidente. De vez en cuando, me dejan ver los periódicos y la televisión en mi encierro, y soy más que capaz de observar el aborrecimiento que la sociedad profesa hacia mí. Sé que lo merezco, pero me repugna la doble moral, cuando es obvio que existe una gran cantidad de sujetos que deberían ser juzgados y más bien, son objeto de culto…Yo maté a Eva Madriz y para muchos que preguntan acerca de mi crimen: ahora les voy a contestar.

            ¿Cómo puede un hombre pasar del amor al odio de una forma tan radical como para privar de la vida a su amada?, debo decir que no conozco la respuesta a esta pregunta, porque yo sigo amando a Eva. La maté con amor en mi alma, y ella agonizó en mis manos. Yo limpié sus lágrimas y la acompañe en su dolor de la misma forma en que si su muerte hubiera sido natural. Hay que entender que ella fue quien me mató a mí con su traición. Hace cinco años de esto, pero yo no he existido ni un solo día más. No quiero lavar mi imagen, solo quiero desahogarme.

            Muchos sabrán que era yo un hombre muy exitoso en los negocios y que junto a mi esposa e hija tenía una vida de ensueño. Mi empresa de productos alimenticios crecía y estaba en una etapa de expansión. Junto a mi socio luchamos bastante para hacerla progresar. Estábamos por abrir un nuevo local en alguna ciudad de la costa. Los estudios de mercado y nuestra intuición nos indicaban que este era un buen sitio. Una vez seleccionada la ciudad, debíamos viajar allí para estudiar personalmente varios locales comerciales que podríamos alquilar o comprar. Desde hacía unos meses, ya había empezado a notar comportamientos extraños en Eva. La sentía distante y distraída, pero no le di demasiada importancia. (Debo admitir ahora que los negocios poco a poco se fueron apropiando de mi vida, hasta el punto de que probablemente descuidé a mi familia por causa de ellos).

            Mi socio y yo programamos una ruta por los lugares escogidos, y calculamos que en total tardaríamos unos cuatro días de viaje. Salimos un lunes en la madrugada y esperábamos volver, a más tardar el viernes. Yo consideraba que tal vez nos demoráramos aún más. Recuerdo que ese día fue mi propia esposa la que me despertó, y para mi sorpresa ya tenía listo el café y algo más. Me bañe, me vestí, desayune, le di un beso a mi hija, que aún dormía, me despedí de Eva y le aseguré que no volvería antes del viernes. Recuerdo que una angustiante sensación se apoderó de mi cuando encendí el vehículo y me dirigí a recoger a mi compañero de viaje. Sentí ganas de regresarme y suspender todo. Instinto tal vez…

            Nuestra planeación indicaba que ese día debíamos pasar a ver el edificio que mejor potencial mostraba para un posible alquiler. Este se encontraba en un punto inmejorable de la ciudad, con buen precio, en buen estado y no teníamos que negociar con ningún intermediario, solo con su dueño. Este hombre era un francés que según teníamos entendido se encontraba en su país natal, y no volvería hasta el jueves. Al menos así nos habían informado. Como su edificio era nuestra primera opción, no teníamos ningún problema en esperarlo hasta ese día. Nuestra idea original era seguir observando y negociando en otros lugares hasta el jueves, aun sabiendo que difícilmente habría otro edificio  que nos satisficiera tanto como el del francés. Pero si se daban desacuerdos en la negociación con ese hombre, necesitaríamos otras opciones.

            Aunque sabíamos que el francés no estaba, decidimos ir a su casa por si acaso, y al llegar, notamos que efectivamente esta se encontraba vacía. Una vecina del lugar, nos observó a mi socio y a mí buscando al dueño, y amablemente nos advirtió de que allí no había nadie, pero también nos dijo que el francés volvería mañana, y así podríamos negociar con él.

            Debatimos que debíamos hacer, si continuábamos viendo otros edificios o si suspendíamos la búsqueda y le dábamos prioridad al edificio del francés, volviendo al día siguiente para negociar. De forma unánime decidimos volver el martes, aunque sabíamos que si el hombre no llegaba nos retrasaríamos. Esperando que esto no sucediera, gastamos el resto del día en un casino jugando y bebiendo hasta la madrugada.

            Más o menos al mediodía del martes, fuimos a ver si el francés ya estaba en su casa. Al vernos, el hombre que fumaba un cigarro de marihuana, nos recibió alegremente. Ya sabía que lo habíamos ido a buscar el día anterior, y estaba ansioso por cerrar el negocio. En tales condiciones, fue mucho más fácil de lo que creí negociar con aquel hombre. En cuestión de un par de horas habíamos terminado y hasta firmamos ahí mismo el contrato de arrendamiento a un precio mejor de lo que esperábamos. Aquel hombre nos relató que había estado en Francia en el entierro de su hermano mayor, ahora solo le quedaban un par de sobrinas a las cuales no veía desde hace muchos años y ellas no lo consideraban como familiar. Nunca se casó ni tuvo hijos. Lo único que calmaba su “dolor” eran las drogas y el alcohol. Le relatamos que esta era nuestra primera vez en la costa. Alegremente se ofreció a llevarnos a conocer la ciudad y así fue como estuvimos el resto del día en varios bares, burdeles y en el casino.  Yo no me sentía para nada bien con lo sucedido, y aun teniendo la oportunidad, jamás toque a otra mujer que no fuera mi esposa, y si me fui de fiesta con aquel sujeto, fue porque lo consideré como algo necesario para consolidar nuestra relación comercial.

            De esta forma fue como una gira que creímos se extendería por casi una semana, o más, solo duro dos días. El miércoles en la mañana, volvimos a la capital, ansiosos y felices por empezar todos los trámites necesarios para operar en la nueva sucursal.

            En aquellos días, mi hija estaba en el tercer grado, y sus clases eran por la tarde. La rutina de mi esposa como ama de casa era levantarse a hacer los quehaceres y a preparar a la niña para ir a la escuela. La arreglaba con esmero y la iba a dejar antes de las 12:45 p.m. Luego, tenía el resto de la tarde “libre” y ya sea a las 4:00 p.m o a las 5:00 p.m según el horario, iba a recoger a la niña a su salida.

            Aquel día, el último de mi vida, mi socio y yo salimos a eso de las 9:00 a.m. de vuelta a casa. Yo, probablemente por la emoción y por la borrachera no le avisé a Eva que volveríamos antes. Llegamos cerca de mediodía y yo recordé que ella debía de estar en la escuela dejando a la niña en clases. Como me sentía algo mal por haber visitado burdeles y haber estado divirtiéndome, fui a una floristería y le compré un ramo grande de rosas. Deseaba sorprenderla. Luego de comprar las flores, dejé a mi socio en su casa, y me dirigí a la escuela a encontrarme con Eva.

            Me detuve a la sombra de un gran árbol, un poco alejado de la escuela y esperé a verla entrar o salir del edificio. Pasados unos instantes, la vi salir. Ya había dejado a la niña en su salón, y ahora caminaba hacia la casa. Tomé el ramo de rosas y salí del vehículo para ir en su encuentro. Pero en ese instante apareció un automóvil elegante y se detuvo cerca de ella. Un sujeto sacó la cabeza y algo le dijo. Un sentimiento terrible me estremeció. —No hombre, tranquilo, solamente están conversando— me dije a mi mismo… continuaron su diálogo y mi corazón dio un vuelco cuando, Eva observó a su alrededor y con algo de duda subió al vehículo con aquel tipo. De forma inconsciente solté las rosas, y me puse detrás de ellos. En ese instante supe que aquella sensación que sentí al salir de casa el lunes, era la misma que sentía en aquel momento. ¿Por qué…Por qué? ¿Quién es este tipo?… ¿qué haces?… mi alma era un hervidero de emociones, mi cabeza estaba aturdida, ya no podía pensar con claridad, sabía que no debía adelantar nada, pero mi instinto me decía que algo extraño e indeseable estaba pasando.

            Anduve detrás de ellos unos diez minutos hasta que llegaron a una propiedad a las afueras de la ciudad. Un gran portón de madera cerraba el paso. El auto elegante se detuvo y yo a pocos metros detrás, estacione mi vehículo al otro lado de la calle frente a un restaurante y entré en él. Me senté en una mesa y desde allí observé como el conductor abrió con sus propias manos el portón, subió al auto, entró a la propiedad y luego se bajó de nuevo para cerrarlo con pesadas cadenas. Yo estaba sumamente alterado y nervioso. Creo que ya había empezado a llorar.

            Subí a mi auto y quise lanzarme contra el portón, pero pensé que lo mejor sería brincarlo a pie y entrar por mis propios medios tratando de hacer el menor ruido. Fui hacia él y lo subí. Al estar arriba por poco me voy al suelo. Avancé por un camino entre pinos, bastante agradable el lugar. Vi estacionado el auto elegante (un Audi) frente a una casa de campo bastante bonita.

            Que alguien me diga: ¿Qué diablos tenía que estar haciendo mi esposa en ese lugar? Con el alma hecha un puño y con abundantes lágrimas cayendo de mis ojos, asomé la vista por los cristales de la ventana que daba a la sala.

            Una vez más, como tantas desde aquel momento me pregunto a mí mismo y ahora a ustedes: ¿fui tan mal hombre como para merecer esta traición?…¿qué me llevó a amar tanto a esta mujer?… ¿habrá sido su forma de mirar, esa mirada que partía en pedazos cualquier objetivo, esa mirada escrutadora como rayos x que llegaba hasta lo más hondo de mi ser?…ella fue la única que me entendió y le dio cauce a mi locura…lo mejor y lo peor de mí solo ella lo hizo ver.

            Vi a Eva, mi esposa, revolcándose casi desnuda con aquel tipo sobre el suelo de la cabaña.

            Estuve unos minutos observando y escuchando atento, procesando las imágenes y cuando ya no pude más di la espalda y me senté a llorar en silencio. Sentí el impulso de entrar de un solo golpe y armar un alboroto, pero un ser sin escrúpulos y sin emoción salió de mis adentros. Como si nada estuviese pasando, me limpié el rostro, sequé mis lágrimas, respiré hondo, me tranquilicé y olvidándome de cualquier resquicio de humanidad busqué a mí alrededor algún objeto contundente. A un lado de la casa vi una tijera de esas que se utilizan para podar plantas, fui por ella, y dándole una patada a la puerta entré. Era tanta su confianza en que nadie vendría a molestarles que mi esposa y su amante fornicaban sin haber puesto seguro a la puerta.

            Los ojos de Eva parecían querer salir de sus orbitas cuando me vio. Y algo que incrementó mi ira fue que al verme corrió a abrazar al maldito. Buscando protección de mi…aun me cuesta creerlo. Yo estaba poseído, totalmente. No recuerdo lo que me dijeron, me pidieron disculpas, me ofrecieron excusas, me solicitaron calma, pero ya era demasiado tarde. No pude contenerme, y en un solo movimiento le clavé las tijeras en el cuello al desgraciado. La sangre brotó de forma abundante y mi rostro quedo salpicado de ella.

            Eva gritaba y lloraba, podrán ustedes imaginarse como… mis ojos se clavaron en los suyos, como buscando respuestas a su traición. Intentó huir, pero la tomé con facilidad y le planté un último beso (aun en la más profunda ira, su hechizo era tanto). Me golpeó y siguió gritando. Estas manifestaciones no hacían más que incrementar mi ira y mi dolor. Ahora creo que tal vez la hubiera dejado ir pero mientras la tenía entre mis manos me dio una patada en la entrepierna. Lógicamente, la solté por el dolor y huyó. El bien y el mal ya no existieron para mí, en este punto fue cuando el amor y el odio se fusionaron en un solo sentimiento. A como pude saqué las tijeras del cuello de aquel hombre que ya había muerto y perseguí a Eva. Cerca estaba ya de llegar al portón principal cuando la boté al suelo empujándola desde atrás. Me coloqué sobre ella, sosteniéndole las manos con mis rodillas, y como si de una especie de ritual se tratase, tome las tijeras con ambas manos, las levanté al cielo y con gran fuerza se las clave en el pecho un par de veces.

            Instantes después, caí en cuenta de lo que estaba pasando, volví a ser yo y tuve otra vez raciocinio. La abracé y lloré por nuestra muerte, porque como he dicho yo también morí aquel día. De su boca brotaba abundante sangre y sus últimos esfuerzos por aferrarse a la vida me partieron el alma. De sus ojos manaron amargas lágrimas porque tan sorprendida estaba ella de que yo la matase, como yo de que ella me fuera infiel.

            Agonizó y murió en mis manos. Mi cuerpo y rostro quedaron cubiertos de su sangre. Sentado junto al portón y con su cuerpo inerte sobre mi regazo estuve varias horas, en un llanto silencioso, hasta que al finalizar la tarde recibí una llamada a mi teléfono. Era la maestra de mi hija quien preguntaba porque nadie había ido a recogerla ese día. Le conté todo lo que había pasado y aunque al principio no quería creerlo y me dijo que tales bromas eran de mal gusto, pasadas otro par de horas las patrullas de policía llegaron al lugar.

            No opuse resistencia al arresto, ¿para qué hacerlo, si yo ya estaba muerto?… ¿Cuántas veces tendré que repetir que Eva también me mató a mí? Confesé todo lo sucedido y me declaré culpable.

            Lo que más lamento de todo, es que mi hija se quedó sola. Hija querida, perdona a estos individuos que fueron tus padres y se mataron entre sí. Agarra para tu propio saco y nunca te aferres a nadie.

             Terminen este calvario ahora que he contado mi versión, estoy listo. Adelante, señora muerte, clava tu aguijón y haz que se detenga mi corazón.

FIN

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4 comentarios sobre “La Muerte de Eva (Cuento)

    1. Hola amiga, muchas gracias, que dicha que te gusto. Este lo escribi un día que andaba medio agresivo jeje, ahora estoy con menos tiempo y tardare para publicar más. Pero creo que he publicado suficientes para leer un buen rato.

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      1. Está buenísimo. Hacía tiempo que no tenía un rato para leer a mis amigos blogeros. Hoy me estoy poniendo al día y me he encontrado con esta joya. Así es que me meto otro rato en tu blog para gozar otros cuentos tuyos. Bravo!!!

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