egipto_660x330.jpg

I

            Se me ha encargado a mí, a este humilde historiador, quien ha recibido como regalo de los dioses el don y el conocimiento de la palabra, la tarea de relatar la historia del primer gato. Describiré en su integridad cómo llegó al mundo está sagrada, bella, inteligente y enigmática criatura, quien amo a Egipto —su primera patria— tanto como nosotros lo amamos a él. Su divinidad está justificada por este hecho. Además el gato nos protege de interferencias provenientes del bajo mundo.

            Se cuenta entre la gente de mayor edad (y entre todas las familias existe alguien quien así lo asegura), que en el año 30 del reinado de su majestad Tutmosis III, un extraño carruaje volador hizo aparición entre las nubes del cielo y que por un instante ocultó la figura de Ra. El carruaje llegó hasta el suelo y de él descendió una comitiva de seres con forma de hombre, pero sin llegar a serlo. Sus rostros tomaban diferentes formas y expresiones según su deseo. No era la primera vez que se observaban extranjeros llegados desde el cielo sobre la tierra de Egipto, y por ello el pueblo se mantuvo en relativa calma. Al ser informado el faraón sobre este hecho, envió al sitio a su astrólogo, al adivino real, y al jefe del ejército. Esto con la misión de representarle ante los visitantes y aclarar sus intenciones. Por si acaso, los soldados se mantenían alerta, no se sabía que esperar de los visitantes.

            Al hacer contacto con los recién llegados, el jefe de nuestra milicia, con voz potente y gesto amenazador les habló:

            — Soy Asim, líder del ejército y máximo protector del reino y su divinidad el faraón, exijo que me indiquen quienes son, de donde vienen y cuáles son sus intenciones.

            Pero los extranjeros guardaron silencio y no le respondieron.

            Apunto estuvo Asim de atacarles, cuando Rashidi, el sabio adivino de su majestad, le interrumpió y detuvo la ira del líder del ejército. Era Rashidi un ser con gran sensibilidad, capaz de ver el pasado y el futuro de la misma forma en que nosotros vemos el presente, además de que introducía palabras en la cabeza de los individuos como si de pensamientos propios se tratara.

            Solamente el sabio Rashidi fue capaz de comunicarse con los forasteros y durante un tiempo considerable estuvo ocupado en esta labor.

            Por fin, le comunicó a Asim y al astrólogo las intenciones de los visitantes:

            — Vienen por cuestiones de supervivencia, en su morada no hay nada que comer y están dispuestos a entregar un fabuloso obsequio a su majestad el faraón, a cambio de provisiones para su viaje de regreso y para cultivar en su país. Además temen por la vida de sus hijos…

            También añadió:

            — No me he percatado de malas intenciones, creo que su venida es pacifica, no veo motivo para desconfiar de ellos o atacarles.

            Esta última frase de Rashidi, pareció confirmarse cuando tímidamente, varios niños, hijos de los recién llegados, aparecieron desde la profundidad del carruaje.

Pero en el alma de Asim, crecía una enorme desconfianza, su ya muy conocida intuición de guerrero le indicaba cuando estaba a punto de ser atacado y eso era justamente lo que sentía en ese instante. Aunque no habían indicios de que tal cosa fuera a suceder. En su opinión, lo mejor era obligar a los foráneos a irse, ya sea por las buenas o por las malas. Pero la opinión de Rashidi como gran estudioso y viejo conocedor del porvenir, se impuso sobre la suya propia. Además, Rashidi tenía un cargo más elevado ante la corte real.

II

            En aquel tiempo, Asim y Rashidi eran los dos hombres de mayor confianza del faraón. Asim era un celoso protector del divino y del reino, su estrategia y habilidades guerreras eran legendarias. Había destruido a todos los enemigos de Egipto con facilidad. Rashidi, fue el principal responsable de la crianza y educación del faraón y le previno de ir a la guerra cuando las señales de los dioses no eran favorables. Discutieron cual sería el procedimiento a seguir, puesto que Asim no deseaba exponer a su majestad el faraón ante los extranjeros, mientras que Rashidi opinaba que no habría ningún riesgo para su excelencia. Optaron por llevar solamente al líder de los forasteros y que los demás quedaran bajo vigilancia de un enorme grupo de soldados.

            Al llegar a la presencia de su majestad, Rashidi le explicó la situación de los visitantes y su concepto positivo de ellos, lo cual les creo instantáneamente una buena imagen ante los ojos del faraón. (Tanta era la confianza del divino en Rashidi). El propio faraón envió a sus hombres para suplieran sus requerimientos. Les dio agua, trigo y una pareja de camellos, macho y hembra. Además de joyas y finas prendas. Para sorpresa de todos, el extranjero sí habló en nuestro idioma en presencia del poderoso faraón, y le agradeció por sus atenciones. Esto último incrementó el descontento y la desconfianza en el corazón y la mente de Asim, quien debió esforzarse para no atacar al visitante. Y sin poder reprimir más lo que sentía, se atrevió a dirigir la palabra a su majestad, y con toda la precaución para no interrumpirle de manera abrupta le solicitó audiencia privada. A lo que el faraón respondió:

            — Noble Asim, no vez que estoy en estado de fascinación con nuestro amigo, quien dice tener un obsequio a la altura de mi divinidad…

            Pero ante la negativa del faraón, Asim se desesperó y en medio del estupefacto general, observó directamente al rostro del dios en la Tierra y con toda su fuerza expresó:

            — Su majestad, bien es sabido por todos en nuestro reino que yo, Asim el jefe de las fuerzas armadas, nunca he dudado en arriesgar mi vida y lo haría de nuevo si fuera necesario para mantener la seguridad y la integridad del reino ante cualquier enemigo que sea tan estúpido e intrépido como para querer atacarle… sé que no existe fuerza que pueda vencer al gran faraón, el hijo de Ra… pero mi señor, este ser, al cual el sabio Rashidi ha accedido a presentarle, en mi concepto representa una seria amenaza para Egipto, sé reconocer cuando un enemigo desea atacar por la espalda, sé cuándo un enemigo parece retraerse para luego atacar con mayor fuerza, mi señor, no miento al decirle que no tengo ninguna confianza este ente, quien seguramente procede del reino de Osiris, y me genera el mismo repudio que los miles de enemigos que alguna vez cayeron abatidos ante mi poder… y por tal instinto de supervivencia y buscando siempre ofrecerle lo mejor a mi pueblo, le suplico mi señor, no se confié de estos extranjeros y permítame con mi propio puño y con la ayuda de mis leales soldados, expulsarle a él y a su prole de nuestro amado reino, porque le aseguró su excelencia, que nada bueno nos han de traer…

            El simple atrevimiento de ver directamente al rostro del faraón, es penado con la muerte. Pero la reacción del amado y poderoso Tutmosis III, mostraba con claridad su naturaleza benévola y misericordiosa, y ante la sorpresa de todas los presentes empezó a reír, y poco a poco la leve risa se convirtió en una sonora carcajada, la cual contagió a los demás, y en poco tiempo todos en la sala se reían y hacían mofa de las palabras de Asim. En el momento en que el faraón detuvo su risa, instantáneamente todos los demás también lo hicieron. Y el hijo de Ra respondió al jefe de las milicias:

            — No tengo duda alguna, de que la seguridad del reino está en buenas manos contigo, valiente Asim. Pero no entiendo tu aflicción, ¿será que debido a tantas guerras, ahora crees ver enemigos por todas partes?, Rashidi no ve malas intenciones en los extranjeros, y sabes que él es, después de mí, el más sabio y prudente de todo Egipto. (Asim debió resentir esta frase), y tal como tú dices, no hay nada ni nadie que pueda dañarme, ya que estoy consagrado y protegido por Atum-Ra y revestido de su divino poder. Así que te pido que controles tu ira y la hagas desaparecer, porque no hay motivo para tal sentimiento. Ahora, que para agradecer tus buenas intenciones, ordenaré que te sirvan como a mí mismo y te hagan participe de un espléndido banquete.

            Y dicho esto, un eunuco le ofreció a Asim llevarlo al comedor. No tuvo más remedio que aceptar. Hay quienes dicen que aquel hombre lloró sobre la mesa.

III

            Ya sin interrupciones, la curiosidad del divino por fin seria saciada, cuando le preguntó al invitado, cual era ese especial regalo que le daría a cambio de las provisiones.

            — Divino faraón, para mostrarle mi obsequio, necesito que uno de los míos lo traiga desde mi carruaje, en donde lo he dejado. Si me lo permite, por medio de mi capacidad mental, llamaré a uno de ellos para tal fin.

            — Te doy permiso, que venga acompañado por mis soldados, enviaré a cinco de ellos para que lo escolten.

            Dicho esto, el faraón con un gesto de su rostro llamo a cinco hombres que estaban a su derecha.

            — Estos son los que irán por él. — Proclamó su excelencia.

Seguidamente, el foráneo colocó sus dedos índices en las sienes de su cabeza, como si estuviera pensando en algo, y pasados unos segundos, exclamó:

            — Que vayan ya por él…

            E inmediatamente, el grupo de soldados partió por el obsequio.

            Pasados unos diez minutos de caminata, que debieron hacerse eternos para el faraón, volvieron a su presencia los soldados junto con otro de los visitantes, el cual llevaba en sus brazos a una criatura muy especial: el primer gato que vio el imperio. No había llegado el foráneo ni a la mitad del camino hasta el trono real, cuando su majestad, se levantó de él, y con gran ansiedad corrió hasta alcanzarle a la mitad del gran salón. El que traía al gato era uno de los niños extranjeros, y con ternura y carisma, levantó entre sus brazos al obsequio y lo entregó al faraón.

            El divino lo miró con admiración y se dice que nunca antes había estado tanto tiempo embelesado con alguno de sus muchos obsequios. El faraón tenía en su rostro la alegría de un niño y todos en la sala murmuraban entre sí de qué podía tratarse aquella criatura que despertó tanta simpatía en alguien tan exigente como su majestad.

            — Dime, ¿Qué clase de ser es este tan hermoso y suave que me han entregado? Le consultó su majestad al visitante de mayor edad.

            — Amado faraón, nuestro pueblo es capaz de manipular los cuerpos de los seres vivos y formar nuevas creaturas a partir de mezclas entre las ya existentes. Este ser que te traemos, fue hecho especialmente para tu país, para tu reino y para la Tierra. Es un ser inteligente, místico y legendario como el propio Egipto. Tratamos de crear un regalo que sea de tu agrado en agradecimiento por tu atención y como muestra de amistad y fraternidad, este pequeño ser que pronto crecerá, —pero no demasiado— te hará compañía, te dará deleite, te dará belleza, te dará satisfacción y te amará aún más que el más leal de tus hombres, estamos seguros de ello. Y su nombre…aún no se le ha asignado, será su excelencia quien lo haga.

            El faraón estaba encantado con el obsequio, su carácter noble y apacible se complementaba con la naturaleza inocente y juguetona del animal. Y así le respondió al visitante:

            — Me has demostrado con creces tu buena voluntad, y tu sincero interés en una amistad conmigo y con Egipto. Tú y tu reino serán siempre bienvenidos en la Tierra del Nilo. Ahora, el nombre que le daré a la creatura será: Pistus.

            Pistus, ese fue el nombre que el faraón le otorgó al primer gato sobre la Tierra.

            Y el faraón aún sin saciar su curiosidad, continuó preguntándole muchas otras cosas más sobre su pueblo al explorador. Y también quería saber hasta cuando se quedarían en Egipto. El visitante respondió:

            —Su majestad, en mi reino me necesitan, están esperando por mí y por las provisiones que usted, muy generosamente me ha entregado… así que le ruego si fuera posible se me permita irme lo más pronto posible —.

            — Que así se haga. Mis hombres te guiarán a tu carruaje y una vez lleno con todos los suministros que te he entregado, te podrás ir, e igualmente puedes volver cuando gustes. —

            Pero antes, el faraón le hizo una última consulta:

            — No sé qué ha sucedido con mis modales, te preguntaré algo que debió ser lo primero en cuanto llegaste: ¿Cuál es tu nombre?

            El foráneo respondió:

            — Mi verdadero nombre, su majestad, no utiliza palabras, pero pueden llamarme Niib.

egipto_gato.jpg

IV

            No vayan ustedes a creer, mis amigos, que el primer gato sobre la Tierra fue igual a todos los demás. Este era especial. Se dice que tenía la capacidad de comunicarse con los hombres, al hablarles directamente a sus mentes y no solo eso, sino que poseía una sabiduría que dejaba maravillados a todos aquellos con quienes compartía su saber. Conforme fueron pasando los días, semanas y meses, la nueva y preferida mascota real crecía en tamaño y gracia. En la vida del faraón no había cabida para otros afectos, Pistus era su todo. Ni siquiera sus esposas gozaban de la admiración y compañía del divino tanto como el animal. Y eso no fue todo, sino que inclusive su confianza en Rashidi y Asim venia decayendo para decantarse en Pistus. El faraón, por el gran aprecio que sentía por el gato, empezó a confiar más en sus consejos que en los de sus asesores. En cuestiones económicas, Pistus le recomendó un nuevo sistema de distribución y pago de tributos mucho más igualitario y justo para el pueblo, además de que le dio a su majestad la brillante idea de dar préstamos a ciudadanos y extranjeros, para luego cobrarlos con un margen de utilidad que le permitiera recuperar en poco tiempo, la inversión hecha junto a un importante margen de ganancias. En cuestiones de salud pública, Pistus le reveló a su majestad la cura para diversos males y recomendó algunas políticas de salud pública para ayudar a disminuir los embarazos no deseados, y las muertes entre niños menores a cinco años. En temas científicos, le reveló al faraón el procedimiento y los materiales necesarios para construir un poderoso instrumento capaz de observar las estrellas más alejadas a la Tierra, y le entregó procedimientos matemáticos para la elaboración de mapas más exactos y precisos.

            Pero Pistus también incursionó en un campo en que no debió hacerlo: El campo militar. Resulta que el faraón, en sus ambiciones de ampliar las fronteras del reino, había llevado a cabo grandes campañas militares en los más recónditos lugares. El divino tomó a Pistus y lo llevó con él al campo de batalla, estaba seguro de que su sabiduría seria de provecho en Tierras lejanas. Llegado el momento, el gran faraón, se vio enfrentado con las fuerzas del príncipe de Kadesh, ciudad a la cual deseaba conquistar. Pero tenía un dilema: no estaba seguro de cuál era la forma correcta de atacar al enemigo. Tenía dos opciones: el ataque directo por el terreno más accesible enfrentando la resistencia que inevitablemente le esperaba, o sorprender y atacar por un angosto desfiladero, sabiendo los riesgos que esto conllevaba. El general Asim era de la opinión de que no se debía arriesgar, y que la victoria era casi segura; por ello recomendó al faraón atacar por el terreno más accesible. Pero Pistus, le contradijo y recomendó al faraón atacar por el desfiladero, ya que el enemigo no esperaba este movimiento y sus defensas estarían bajas. Había que aprovechar la mejor forma del ejército egipcio.

            Viéndose su majestad con dos posiciones encontradas de parte de sus más importantes asesores, solicitó ayuda al adivino Rashidi, quien vio en sus predicciones que la victoria estaba en la estrategia de Asim, y recomendó al faraón atacar por el terreno más viable. Como desde hace tiempo el faraón ya no prefería la opinión de Rashidi y de Asim, en ellos comenzó a crecer un sentimiento de envidia y odio hacia Pistus, no podían entender como una criatura llegada un día del cielo, tenía más sabiduría y gozaba con mejor imagen que ellos ante los ojos del hijo de Ra. Para el faraón no fue fácil tomar la decisión, pero fuera cual fuera, debía actuar con prontitud. Y dejándose llevar más por su corazón que por su mente, decidió seguir el consejo del animal.

            Al final, el resultado de la contienda fue una victoria del faraón, tal y como lo dijo Pistus, los enemigos no esperaron el ataque sorpresivo en un terreno tan difícil, y en pocas horas y con muy pocas bajas, vencieron al contrario y conquistaron los nuevos territorios.

V

            Esta victoria de Pistus sobre Asim y Rashidi, fue imposible de sobrellevar por ellos. Su cólera, envidia e impotencia ante la mayor capacidad demostrada de la mascota del faraón, fue incontenible. Pistus era más audaz, daba mejores consejos, era más amado y respetado que ellos, la fama del animal sabio se expandió por todo el reino y ahora no solamente el faraón lo amaba, sino que el pueblo mismo también. Egipto entró en la época de mayor crecimiento y prosperidad en toda su historia. En ocasiones parecía que quien gobernaba era Pistus, y el faraón solamente cumplía con lo que le decía su mascota. Pero mientras el pueblo estuviera satisfecho y el imperio se mantuviera próspero, poco le importaba al faraón seguir órdenes de su gato.

            Un día, Pistus consiente de sus enemigos, le dijo al divino:

            — Mi señor, tengo sospechas de una posible traición contra tu trono, o contra mí mismo.

            — Imposible, Pistus, todos en mi reino son felices, todos me aman, a ti te veneran, después de mi eres el más querido, te ven como un enviado por Ra…nadie se atrevería.

            — Señor, hay dos hombres que en algún momento intentarán destruirme porque dentro de sí están sucios, podridos y su alma se ha contaminado con los virus envidia y ambición.

            — Hablas de…

            — Si, mi amo y señor…hablo de ellos.

            Pero el gran faraón no le hizo caso.

            Aunque Pistus tenía características muy especiales que lo hacían diferente a cualquier ser vivo, la fuerza física no era una de ellas, y su cuerpo era delicado y frágil. Aunque poseía agilidad y belleza, necesitaba muchas horas de descanso diario y una alimentación adecuada, la cual él mismo le sugirió al cocinero real. Pero, el ir y venir entre batallas, el cambio de estaciones y las malas condiciones en general que vivió en tierras lejanas, le jugaron una mala pasada cuando volvieron victoriosos a Egipto. Pistus, cayó enfermo, sufría de vómitos y dolores terribles del estómago, no podía comer y con dificultad probaba uno que otro sorbo de agua. Desesperado, Tutmosis III mandó a llamar a los mejores médicos desde los rincones más lejanos del reino, pero ninguno pudo darle cura al padecimiento del gato.

            Ante todo esto, Asim y Rashidi vieron su oportunidad…El faraón quien amaba enormemente a  Pistus y se quedó en vela varios días para cuidar de él, no pudo más contra el sueño y una tarde decidió dormir un poco. Ordenó a varios soldados ejercer vigilancia sobre Pistus. Lo cual hizo que el acceso a la habitación donde se encontraba el animal fuera muy fácil para Rashidi y Asim, quienes en mancuerna con uno de los médicos, entraron con la excusa de verificar su condición. Entonces, estando el faraón dormido en su habitación, aprovecharon para matar a Pistus dándole una pócima que le quitó la vida lentamente, sin mancha alguna para no poder ser acusados. La verdad es que dentro de los círculos más íntimos del faraón se orquestó toda una conspiración entre algunos de los guardias y parte del ejército (leales a Asim) y algunos sacerdotes y sirvientes del templo (leales a Rashidi) para asesinar tanto al gato como a la encarnación de Ra.

            Cuando el faraón despertó, se dirigió inmediatamente donde su amigo y mascota. Al encontrarlo muerto, lloró dos días sin parar, y no probó agua ni comida en todo ese tiempo. Ni siquiera su esposa preferida logró convencerle de alimentarse. Cuando estuvo algo mejor, mandó a construir un magnifico monumento como tumba para Pistus, lo momificó y le dio un funeral con los máximos honores.

            Hay quienes dicen que durante la ceremonia, el faraón se observaba extrañamente tranquilo, como si no estuviera en tal situación.

VI

            Pistus no solamente fue un regalo para el faraón. También era una forma de comunicación, era el enlace entre los visitantes y la Tierra. A través de él, quienes lo trajeron podían saber que sucedía con el faraón y el reino de Egipto, era como tener un infiltrado entre nosotros. Pasados unos quince días de su muerte, volvió de los cielos un carruaje muy parecido al que trajo a Pistus, pero más pequeño; solo tenía un viajero: Niib.

            Inmediatamente fue reconocido y llevado ante el faraón, quien se alegró de volver a verle, y le contó lo sucedido con el gato. Pero Niib ya lo sabía. Y le dijo al faraón lo siguiente:

            — Gran faraón, Pistus fue un regalo que le hicimos a tu pueblo y tu mundo,  porque queríamos que el fuera para ustedes una guía, queríamos de algún modo ayudarles a crecer y evolucionar, la verdad es que en mi reino nunca necesitamos ninguna clase de suministros, eso fue solo una excusa. Pero ahora él ha muerto por dos de los tuyos…

            — No, eso no, el murió por una enfermedad…

            — Su majestad, comprendo su dolor, y sé lo mucho que amo a Pistus, así que le traje esto:

            A continuación, presentó una canasta ante el faraón, que contenía dos pequeños gatos, macho y hembra, y luego le explicó:

            — Gran faraón, esta pareja de animales de la misma especie que Pistus, han sido creados para paliar su dolor. Con el paso de los años y de los siglos se             reproducirán y poblarán toda la Tierra, para que todos los hombres sientan junto a sus descendientes lo mismo que usted sintió junto a Pistus. Aunque esta vez no les hemos dado cualidades excepcionales, su belleza y gracia siguen intactas, pero no serán tan sabios como Pistus.   Espero que este nuevo comienzo le ayude a atenuar su sufrimiento.

            Dicho esto, besó la mano de Tutmosis III y se retiró para siempre del palacio y de la Tierra. El faraón se sintió muy feliz con sus nuevas mascotas y su pesar se detuvo. Hay quienes cuentan que a veces en las noches, se puede ver y escuchar el alma en pena de Pistus, justo en la habitación donde fue muerto.

            Así fue la historia de cómo llegaron los gatos, con sus ojos y rasgos de inteligencia y astucia, además de ese halo de misterio que les rodea que no es de este mundo. Y por eso fue que a partir de aquí se les ha rendido culto, se les protege, se les adora como deidades y por eso la pena por matar un gato es la muerte. Después de ver lo que uno solo de ellos hizo por el pueblo Egipcio, lo tienen bien merecido.

            Sobre los traidores, hasta el día de hoy no se tiene bien claro que sucedió con ellos… se cuenta que, antes de irse, Niib les tomó y los depositó en su carruaje dejándolos caer a las fauces de los cocodrilos en el rio Nilo, otros dicen que el faraón les castigó con el destierro y les prometió la muerte si se atrevían a volver, otra versión dice que su cólera fue tanta, que les mató él mismo con su látigo… personalmente me inclino por la opción de que hayan sido desterrados.

            Al finalizar esta historia, espero que sirva para enriquecer el conocimiento de los jóvenes, y a su vez también espero haber dejado en alto la memoria de mi señor el gran faraón Tutmosis III.

FIN.

Copyrighted.com Registered & Protected  QOLD-RLVQ-GOZ3-3AZ6

gato egipto 2.jpg

Anuncios

6 comentarios sobre “La real procedencia de los gatos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s