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I

            Bajo la tenue luz de algunas candelas, me ilumino para escribir a mano acerca de lo que ha sucedido en el mundo en los últimos días. Intuyo que ellos pronto me encontrarán y por eso escribo a toda velocidad y sin pensar demasiado. Disculpen mi caligrafía. Haciendo caso a las últimas palabras sabias de mi hermano, escribiré nuestra historia para que sea conocida por todos los sobrevivientes, y por si algún día existe la posibilidad de hacer justicia. Pero, ¿por dónde debo empezar? Una profesora me dijo una vez que cuando uno no sabe por dónde iniciar, lo mejor es iniciar desde el principio.

            Un domingo cualquiera desperté tarde y escuche ruidos, la noche anterior mi hermano mayor y yo salimos a una discoteca junto a algunos amigos. La pasamos bien y regresamos al departamento alrededor de las tres de la mañana, bastante ebrios. Me parece que mi hermano llevó a una chica, no lo recuerdo. La cuestión es, que al salir a la sala, vi a mi hermano golpeando el teléfono celular contra la pared, luego golpeó la televisión y en un estado de ira pateó también el suelo. Yo creí que aún estaba ebrio o que se había fumado algo, pero no. Cuando me vio trató de tranquilizarse y se sentó en el sofá a llorar.

            — ¿Qué te pasa, Julio? — le pregunté

            — Vicente, sal y observa. No puede ser, no puede ser…— me respondió.

            Como él me lo dijera, salí del departamento y lo que vi me estremeció. Una densa y fría neblina se había apoderado de todo alrededor. Era bastante difícil diferenciar entre todas las cosas. Aunque tanta neblina era algo sorprendente en nuestra ciudad, no era una cosa suficiente para que Julio se pusiera así de alterado. Bajé las gradas y con dificultad noté un bulto sobre la acera. La neblina no me permitía distinguir de qué se trataba. Tragué saliva, tomé valor y caminé hacia allá. Sobre el piso distinguí el cuerpo inerte de Antonia, nuestra amiga, que la noche anterior se había ido de fiesta con nosotros. Su rostro tenía un horrible color verduzco, y había gran cantidad de sangre y vómito a su alrededor. En aquel momento la impresión casi me mata a mí también, y volví disparado hacia la casa.

II

            Ahora comprendía el estado de pánico en que estaba mi hermano mayor. Se había levantado más temprano y cuando salió a curiosear la densa neblina, se topó con el cadáver. En un principio discutimos y evaluamos que a Antonia algo le había pasado durante la parranda, o que la habían asaltado y asesinado…Cuando la descubrió, Julio quiso llamar a la policía, pero su teléfono no tenía señal, intentó con el mío y también estaba fuera de servicio. Yo empecé a llorar y con gran susto y conmoción por la muerte de nuestra amiga, decidimos avisar a algún vecino para que llamaran a la policía.

            Debido a la espesura de la niebla, buscamos una linterna grande y nos abrigamos para salir. Analizamos una vez más el cadáver de Antonia. El impacto fue igual o peor. En el momento en que iluminamos el camino para ir donde la vecina de al lado —una señora de avanzada edad que vivía sola— el espanto que sentimos llego al clímax. (Aunque pronto nos acostumbraríamos a estas escenas). La luz de la linterna, nos reveló que la calle y las aceras estaban llenas de cadáveres. Mi hermano y yo automáticamente nos abrazamos y cada vez que la linterna nos mostraba una nueva víctima, emitíamos un grito desesperado. Tratamos de calmarnos; yo deseaba despertar ya de tal pesadilla, pero esta es la realidad. Y si usted está leyendo esto, entenderá lo que sentí, porque lo vivió y sobrevivió a ello.

            Julio y yo empezamos a inspeccionar todas las casas del barrio en búsqueda de alguien vivo. Pero todos nuestros amigos y conocidos habían muerto por la misma causa. Parecían haber sido intoxicados. La neblina cada vez se volvía mas espesa, y ese aire helado que corre suavemente por la nuca, hacía que me temblaran las piernas. Cuando teníamos un buen rato de andar investigando y no encontramos muestras de vida más allá de nosotros, decidimos volver al departamento.

III

            Nos dimos cuenta de que no había electricidad, ni agua. Y evidentemente tampoco señal telefónica ni de internet. Desde ese momento yo empecé a intuir que la niebla tenía que ver con todo esto, y se lo hice ver a mi hermano, pero él no opinaba lo mismo y en su concepto, un grupo de asesinos había envenenado a todos en el barrio.

            Durante largo rato estuvimos discutiendo sobre el tema, y llegamos a la conclusión de que lo mejor era salir de allí cuanto antes y buscar ayuda. Preparamos una maleta con cosas básicas: agua, unos sándwiches, una cuchilla, algo de ropa y por supuesto la linterna. Nos fuimos en la motocicleta de Julio. La neblina parecía no querer desaparecer, inclusive en algunas partes era totalmente nula la visibilidad aún con la luz de la moto. Durante todo el día estuvimos andando. Cada cierto tiempo nos deteníamos y buscábamos señales de vida en las casas, en las iglesias, en las escuelas, en cualquier parte, con el mismo resultado: todos muertos. Cuando teníamos varias horas y muchos kilómetros recorridos, empezamos a considerar la idea de que éramos los únicos sobrevivientes en la región, o en el país, o el mundo… En esta búsqueda, nos agarró la noche y decidimos refugiarnos en un hotel que tenía muchas habitaciones vacías y todos sus empleados muertos. No sé mi hermano, pero yo no pude dormir. Lloré varias veces, y por mi cabeza pasaban ideas aterradoras: ¿Qué habrá sido de nuestros padres?, ¿Por qué nosotros no hemos muerto como los demás?, ¿será esto culpa de la niebla?, ¿seremos los únicos que quedan con vida?…

            Por la mañana, le sugerí a Julio que visitáramos a nuestros padres, y partimos hacia allá. Para sorpresa nuestra, la neblina no se había ido. Yo ya daba por seguro que era la causante de todas las muertes, y Julio empezó a considerarlo.

            La desesperación por saber que había sido de nuestros padres conjugado con la sensación de ir completamente solos en la carretera, nos jugó una mala pasada. Íbamos por un punto del camino en que la neblina era menos densa y aceleramos. Llegamos a una intersección en que debíamos hacer el alto, pero como pensábamos ser los únicos en la carretera, no hicimos caso de la señal…Solo recuerdo que escuché un golpe y choqué la cabeza contra el piso.

            Al despertar, estaba en una cama con unas vendas en la cabeza, y un gran dolor en la espalda y brazo derecho, aunque en general me dolía todo. Me asusté y llamé a mi hermano:

            — ¡Julio!—

            Pero en lugar de él, entró a la habitación una chica. Yo quedé sin habla. No esperaba semejante aparición. Y al notarlo, me tranquilizó:

            — ¡Hola! Me llamo Zoraida. Tuvimos un accidente ayer. Ustedes se me aparecieron de repente. No pude frenar a tiempo y los golpeé. —

            Yo estaba sorprendido y alegre de por fin ver a alguien más. Y debo admitir que Zoraida estaba… pero bueno, no debo distraerme. Julio entró y me dijo que el casco me había salvado la vida, y que él y Zoraida estaban bien. Solamente con golpes y raspones.

            Me dormí otra vez y desperté varias horas después. Ya era tarde, mi hermano y Zoraida conversaban. Ella tenía varios golpes en la pierna y estaba poniéndose un ungüento. Dijo que estaba cansada, nos deseó buenas noches y se acostó a dormir en un sofá. Julio me explicó que luego del choque se refugiaron en una casa cercana y que después del golpe yo me puse de pie y parecía estar bien, pero no recuerdo nada de eso. También me dijo que al momento del choque, Zoraida se dirigía al aeropuerto, ya que había visto, o le pareció ver, a unas aeronaves que soltaban una especie de gas, y ella sospechaba que tal gas, era la neblina que aún seguía presente.

IV

            Julio estaba muy golpeado del brazo y rodilla derecha, Zoraida seguía mal de su pierna y yo tenía fuertes dolores de cabeza, además de la contusión. Por estos motivos, al día siguiente decidimos quedarnos unos días más en la casa. Julio era quien estaba algo mejor y se ofreció para ir solo a algún supermercado cercano y traer víveres y medicinas. Se fue a pesar de que quisimos detenerlo.

            Al ser el medio día, Julio aún no regresaba. Yo empecé a preocuparme, y quise ir en su búsqueda. Zoraida casi no podía caminar bien, y me suplicó que no lo hiciera, que esperáramos al menos un rato más. Al ser las cuatro de la tarde, Julio regresó. Traía una bolsa con comida, agua, velas, fósforos, vendajes, alcohol, y pastillas para el dolor de cabeza y cuerpo. Pero lo más importante fue la información que obtuvo. Ahora, al escribir esto, hubiera deseado nunca haberlo dejar salir. Nos contó, que al llegar al supermercado, buscó todo lo necesario, y que hubiera vuelto como mucho una hora después, el atraso real se dio al escuchar el radio abierto de una patrulla de la policía estacionada afuera del supermercado.

            Se emocionó cuando una voz del otro lado hablaba y preguntaba si habían sobrevivientes. Estuvo a punto de contestar, pero no lo hizo porque esa misma voz dio una orden: ¡si encuentran a alguien con vida, elimínenlo!, repito: ELIMINEN a los sobrevivientes. Julio estuvo todo ese tiempo en la patrulla escuchando las comunicaciones. Lo que descubrió fue estremecedor: tal parecía que alguien o algo estaba matando sin piedad a toda la población del país, y el hombre de la radio, solicitaba a diferentes individuos a lo largo y ancho del territorio, que le dieran un reporte con la cantidad de víctimas, y de sobrevivientes estimados. Y el hombre misterioso ordenó algo que el llamó “los sobrevuelos finales”. Inmediatamente relacionamos esta frase, con los vuelos a baja altura que Zoraida había visto el día en que inicio todo. Ya teníamos confirmación de que la neblina, de alguna forma estaba matando a la gente, y que su volumen no había descendido, debido a los sobrevuelos que la esparcían por todas las ciudades.

            Zoraida se alteró muchísimo y fue difícil de tranquilizar. Yo, ya sin ganas de llorar, me sentí infinitamente desgraciado. Y como si Julio supiera las respuestas, le grité desesperado:

            — ¿Quién quiere matarnos?, ¿Por qué hacen esto?, ¿Qué pasará si nos encuentran?, ¿Por qué la niebla no nos ha matado?—

            — Debemos tranquilizarnos, Vicente, yo tampoco sé que hacer — me respondió.

            Durante cinco días estuvimos recluidos en esa casa. El temor y la recuperación de nuestras heridas nos impedían salir. Recuerdo que estábamos analizando el hecho de que salir en la moto fue algo muy arriesgado, porque de habernos visto nos habrían matado; cuando de repente, una potente luz entró por una ventana de la casa. Venia procedente de la calle. Escuchamos ladridos de algunos perros, y voces. Por instinto los tres nos tiramos al suelo y los hombres siguieron su camino. Zoraida en su desesperación, salió tras ellos porque opinaba que nos iban a ayudar. Pero yo, creyendo todo lo contrario, la tomé de un brazo y no la dejé salir. Ella empezó a gritar y le tapé la boca con las manos. Mi hermano se unió a mí y entre los dos la mantuvimos en silencio hasta que estuvimos seguros de se habían ido los sujetos. Al soltarla salió a la calle, gritó y trató de encontrarlos, pero ya se habían ido. Julio y yo salimos con la linterna y la llevamos a la fuerza dentro de la casa. Hicimos todo lo posible para explicarle a Zoraida que no podíamos confiar así tan fácil en nadie, y que de vernos, era un hecho nuestra muerte. Ella estuvo llorando durante un rato y luego se durmió profundamente.

¡Oh Zoraida, si tan solo hubieras conservado la calma!

            Al día siguiente nos atraparon. Yo me quedé dormido en el sofá de la sala, mientras que Julio acostó a Zoraida en una habitación contigua y se durmió sentado en una mecedora. Cuando abrí los ojos, un enorme perro rottweiler estaba frente a mi observándome, y un hombre con una máscara para gases tóxicos me analizaba silenciosamente. Al moverme sacó una jeringa y me inyectó un líquido que me hizo perder el conocimiento poco a poco. Tengo leves recuerdos de aquel momento, me llega a la cabeza una imagen de dos tipos con mascara llevándose a Zoraida y me parece ver a Julio pelear contra uno de ellos y tirarlo al suelo…

V

            “Estos tres fueron encontrados ayer por la mañana, la anoche anterior a su captura, al hacer la revisión del sector en que se escondían, no se encontró a nadie y cuando se procedería a revisar en el siguiente, nos pareció escuchar algunos gritos e inclusive nos pareció ver luces. Decidimos ir por la mañana lo más temprano posible a capturarlos. Se hizo de esta forma porque de hacerlo en la noche hubiera sido más difícil su captura, y teníamos la orden de regresar de inmediato.”… Algo así fue lo que escuché cuando desperté atado a una cama y varios sujetos dialogaban entre sí. Pero había algo más…no parecían hombres, tenían cuerpo humano, pies, cabeza y manos pero en sus gestos y en sus voces podía sentirse una gran violencia, una gran rabia y algo de burla y menosprecio… también escuché que tendrían que aumentar la frecuencia y la potencia de los “vuelos”…

            Me tenían encadenado y varias veces me sacaron muestras de sangre, parecían estar muy interesados en su análisis. Pensé que iba a morir allí como una especie de experimento, o que en cualquier momento alguno de ellos me liquidaría.

            Habrían pasado varias horas, cuando Zoraida apareció con una bata puesta y llena de tubos e intravenosas y con una llave que sacó no sé de donde, me desató de la cama. Yo estaba muy débil y me costaba si quiera caminar, pero ella me instó a hacerlo porque teníamos que salvar a Julio. Íbamos corriendo hacia allá cuando le pregunté dónde estaba mi hermano y me respondió que en el siguiente pabellón, habitación 4. Nunca sabré como obtuvo esta información. Poco después de decirme esto, un guarda apareció ante nosotros y disparó hiriendo en el pecho a Zoraida. Cayó al suelo y yo quise hacer algo, pero ella me dijo: —corre—, y le hice caso. Saqué fuerza de la desesperación y continúe hacia la habitación donde estaba mi hermano. Instantes después escuché dos detonaciones más. Supongo que para terminar con Zoraida.

            Como loco busqué la maldita habitación número 4, pero nada estaba numerado. Así que entré a cualquiera al azar, y vi a un hombre amarrado a una cama como lo estuve yo, me extendió su mano pidiendo ayuda, pero no tenía tiempo. En la siguiente habitación estaba Julio. Lo tenían en un estado lamentable, le habían cortado el pelo y estaba blanco como un papel. Desgraciadamente, la llave para liberarlo la traía Zoraida…así que mis pobres intentos por quitarle las cadenas fueron totalmente en vano. Abracé y lloré sobre mi hermano. Y tuvo la suficiente claridad mental para decirme:

            — En esa gaveta están las llaves para salir por la puerta de atrás del edificio, tómalas y vete. Busca sobrevivientes y cuéntales lo que pasa, escríbelo…también encontrarás una lista de sobrevivientes…rápido, vete ya vienen por ti —

            En medio del llanto más amargo, busque en la gaveta lo que mi hermano me dijo y corrí a buscar la salida…

            Abrí la puerta y la claridad del día me hirió los ojos. La neblina ya no estaba más. Corrí todo lo que puede y aún sigo corriendo.

VI

            No sé qué habrá pasado con mi hermano…las lágrimas me bajan por la mejillas mientras escribo esto, pero estamos preparándonos para pelear… La lista me sirvió para encontrarme con otros sobrevivientes y además aportaba información que esclareció algunas de mis dudas. La niebla contenía un virus creado genéticamente, por alguien u algo, que mató aproximadamente al 90% de la población humana.

            Pero eran inmunes aquellos sujetos con tipos sanguíneos extraños como Julio y como yo que tenemos sangre tipo Vel-. Y Zoraida cuyo tipo sanguíneo era Rh nulo. Ahora, contada la historia, es tiempo de luchar.

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7 comentarios sobre “Niebla Asesina (Cuento)

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